Parte 2:Los Trillizos Que Derribaron A Un Imperio

Durante los siguientes diez minutos, Valeria permaneció en silencio.

Sentada junto a la ventana del hospital.

Observando a sus tres bebés detrás del cristal.

Cincuenta mil millones de pesos.

El sesenta y uno por ciento de Corporación Salcedo.

Y tres recién nacidos convertidos, de la noche a la mañana, en los accionistas mayoritarios del grupo empresarial más poderoso del norte del país.

Todo mientras su esposo intentaba abandonarla con un sobre de divorcio.

La ironía era tan brutal que parecía inventada.

—¿Señorita Valeria? —preguntó el licenciado Armenta desde el teléfono.

Ella volvió a la realidad.

—Dígame.

—Hay algo más que debe saber.

Valeria sintió un escalofrío.

—¿Qué ocurre?

El abogado guardó silencio unos segundos.

—Su abuelo sospechaba que alguien intentaría manipular la herencia.

Valeria ya sabía quién.

Alejandro.

Desde que se casaron, él había mostrado demasiado interés en las empresas Salcedo.

Demasiado interés en las acciones.

Demasiado interés en los fideicomisos.

Demasiado interés en la muerte de un hombre que todavía respiraba.

—¿Qué hizo mi abuelo? —preguntó.

—Blindó todo.

Valeria frunció el ceño.

—Explíquese.

—Los niños son propietarios.

Pero usted es la administradora única de todas las acciones hasta que cumplan veinticinco años.

La enfermera Lupita abrió los ojos.

Valeria también.

—¿Quiere decir…?

—Que nadie puede vender.

Nadie puede transferir.

Nadie puede votar en nombre de los menores.

Nadie excepto usted.

Valeria cerró los ojos.

Y por primera vez desde que abrió aquel sobre de divorcio, respiró tranquila.

Porque acababa de entender algo.

Alejandro no solo había perdido a su esposa.

Había perdido exactamente aquello que llevaba años intentando conseguir.

El control.

Al otro lado de la ciudad, Alejandro Castillo estaba celebrando.

En el piso cuarenta y tres de Grupo Castillo Norte.

Champaña.

Socios.

Inversionistas.

Y una joven rubia llamada Daniela sentada a su lado.

—¿Entonces ya está hecho? —preguntó ella.

Alejandro sonrió.

—Completamente.

Levantó la copa.

—Valeria firmará tarde o temprano.

Siempre fue demasiado blanda.

Las personas alrededor rieron.

Nadie imaginaba que el hombre más seguro de la sala estaba a punto de recibir la peor noticia de su vida.

Su celular vibró.

Pantalla.

Licenciado Armenta.

Alejandro sonrió con suficiencia.

—Justo a tiempo.

Contestó delante de todos.

—Licenciado, espero que ya tenga listos los documentos finales.

La voz del abogado sonó fría.

Extrañamente fría.

—Señor Castillo, llamo por un asunto urgente relacionado con Corporación Salcedo.

Alejandro se acomodó en la silla.

—Lo escucho.

—El fideicomiso sucesorio fue activado esta mañana.

—Perfecto.

—Y el control accionario pasó oficialmente a los herederos designados.

Alejandro sonrió más.

—Lo esperaba.

—Los trillizos.

La sonrisa permaneció.

Todavía.

—Correcto.

—Y la administradora absoluta de ese patrimonio es la señora Valeria Salcedo.

La sonrisa desapareció.

La sala siguió celebrando.

Pero Alejandro ya no escuchaba nada.

—¿Qué dijo?

—Lo que oyó.

—Eso no es posible.

—Es completamente legal.

Alejandro se puso de pie.

—Yo soy el esposo.

—No importa.

—Soy el padre.

—Tampoco importa.

El abogado respiró despacio.

Y entonces lanzó la frase que hizo temblar al empresario.

—Usted no tiene ninguna autoridad sobre esas acciones.

Ninguna.

Alejandro sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies.

Porque acababa de comprender algo aterrador.

Durante años había construido su poder alrededor de la posibilidad de controlar el imperio Salcedo.

Y ahora ese imperio estaba protegido por la única persona que acababa de intentar destruir.

Valeria.

La llamada terminó.

Daniela observó su rostro.

—¿Qué pasó?

Alejandro no respondió.

Porque otro mensaje acababa de llegar a su teléfono.

Era una fotografía enviada desde el hospital.

En la imagen aparecían Valeria y los tres bebés.

Y debajo había una sola línea escrita por el licenciado Armenta:

“El nuevo consejo de control acaba de nacer.”

Alejandro sintió un nudo en el estómago.

Pero aún no sabía lo peor.

Porque exactamente una hora después, la junta extraordinaria convocada por don Ernesto antes de morir revelaría un documento secreto.

Un documento que llevaba siete años guardado.

Y que contenía una cláusula capaz de expulsar a Alejandro para siempre de todas las empresas vinculadas a la familia Salcedo.

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