Parte 2:El Celular Que Nadie Debía Ver

Camila sintió cómo el aire cambiaba en el pasillo.

Nadie respiró.

Nadie habló.

Solo estaba Regina, con el celular levantado frente a su padre.

Y Mauricio, inmóvil.

Como si acabara de recibir un golpe.

—¿De qué estás hablando? —preguntó él finalmente.

Pero su voz sonó débil.

Regina soltó una risa amarga.

—Mira cómo ni siquiera lo niegas.

Las gemelas dejaron las tijeras sobre el piso.

Renata bajó lentamente la cubeta de pintura.

Incluso Inés abrazó con más fuerza su conejo.

Todas estaban mirando a Mauricio.

Esperando.

Camila entendió algo importante.

Aquello no era una pelea de niñas rebeldes.

Era un juicio.

Y el acusado era su padre.

—Regina… —intentó decir Mauricio.

—No.

La adolescente encendió la pantalla del teléfono.

—Durante meses pensé que mamá lloraba porque estaba enferma.

Su voz empezó a temblar.

—Pensé que tenía miedo de morir.

Hizo una pausa.

—Pero después encontré esto.

Mauricio palideció.

Camila lo vio claramente.

Era la expresión de alguien que ya sabía lo que iba a aparecer.

Regina abrió una carpeta de videos.

Luego presionó reproducir.

La voz de Valeria llenó el pasillo.

—Si algún día mis hijas ven esto, significa que ya no estoy con ellas.

Las seis niñas se quedaron congeladas.

Mauricio cerró los ojos.

Camila sintió un nudo en el estómago.

La grabación continuó.

Valeria estaba sentada en una habitación de hospital.

Más delgada.

Más cansada.

Pero seguía sonriendo.

—Mis amores… quiero que sepan algo. Su papá no es un hombre malo.

Regina apretó la mandíbula.

—Mentira —susurró.

Pero la voz de su madre siguió sonando.

—Está perdido. Está asustado. Y cree que trabajar más puede arreglar todo.

Mauricio bajó la cabeza.

Las palabras parecían atravesarlo.

—Lleva años escondiéndose detrás de reuniones, contratos y viajes.

Porque tiene miedo de sentir.

Miedo de equivocarse.

Miedo de perderlas.

Las gemelas intercambiaron una mirada.

Aquello no era lo que esperaban escuchar.

Regina adelantó el video.

—No. La parte importante viene después.

Buscó otro archivo.

Uno grabado apenas cinco días antes de la muerte de Valeria.

Cuando lo abrió, la imagen tembló.

Parecía grabada a escondidas.

Y entonces apareció Mauricio.

Estaba sentado junto a la cama del hospital.

Llorando.

Llorando de verdad.

Como ninguna de sus hijas lo había visto jamás.

—Perdóname —decía él en la grabación—. No sé cómo hacerlo.

Valeria tomó su mano.

—Solo quédate con ellas.

—Me odian.

—No.

Ella sonrió.

—Todavía no saben cuánto las amas.

El video terminó.

El silencio fue devastador.

Regina bajó lentamente el teléfono.

Su rostro estaba confundido.

Desarmado.

Como si la verdad que había esperado encontrar fuera completamente distinta.

—Eso no era… —murmuró.

—¿Qué esperabas encontrar? —preguntó Camila con suavidad.

Regina no respondió.

Pero Renata sí.

—Creíamos que la engañaba.

Mauricio levantó la mirada.

—¿Qué?

Las palabras salieron cargadas de dolor.

—Mamá lloraba cuando veía mensajes tuyos.

Las gemelas asintieron.

Lucía también.

—Pensamos que la habías lastimado.

Mauricio se dejó caer en un escalón.

Por primera vez parecía un hombre normal.

No un millonario.

No un empresario.

Solo un padre agotado.

—Los mensajes eran sobre los tratamientos.

Las niñas guardaron silencio.

—Los médicos me enviaban reportes. Resultados. Pronósticos.

Su voz se quebró.

—Y yo se los reenviaba a su mamá porque ella insistía en leer todo.

Inés comenzó a llorar.

Pequeñas lágrimas silenciosas.

—Entonces… ¿por qué nunca estabas aquí?

La pregunta golpeó más fuerte que cualquier acusación.

Mauricio tardó varios segundos en responder.

—Porque tenía miedo.

Las seis lo miraron.

—Cada vez que entraba al hospital pensaba que iba a perderla.

Y cada vez que pensaba eso…

huyó.

Camila observó los rostros de las niñas.

Por primera vez no había rabia.

Había tristeza.

La tristeza verdadera.

La que habían estado escondiendo detrás de los gritos, las bromas crueles y el caos.

Entonces Regina habló.

Pero esta vez no sonó furiosa.

Sonó rota.

—Mamá dejó otra cosa.

Mauricio levantó la cabeza.

—¿Qué cosa?

Regina miró el celular.

Luego a sus hermanas.

Después a Camila.

Y finalmente a su padre.

—Una carta.

Su voz apenas fue un susurro.

—Una carta que nos pidió abrir exactamente un mes después de su muerte.

Mauricio sintió que el corazón se detenía.

—¿Dónde está?

Regina tragó saliva.

Las gemelas comenzaron a llorar.

Porque conocían la respuesta.

Y porque ninguna había tenido valor para decirla antes.

—Está escondida.

—¿Dónde?

Regina miró hacia el segundo piso.

Directamente hacia la habitación de su madre.

La única habitación que permanecía cerrada desde hacía dieciocho días.

Y entonces dijo las palabras que hicieron estremecer a todos:

—Donde mamá guardó la verdad sobre lo que pasó la noche antes de morir.**

Escribe “SÍ” y “Me gusta” para leer la Parte 3.

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