Martín sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
El doctor sostuvo el expediente rojo unos segundos antes de hablar.
—¿Prefiere que conversemos en un consultorio?
Elena negó lentamente.
—No.
Su voz apenas era un susurro.
—Dígalo aquí.
El médico asintió con respeto.
Abrió el expediente.
—Los estudios confirman leucemia mieloide aguda.
El pasillo entero pareció quedarse en silencio.
Martín dejó de respirar.
—¿Qué…?
Miró a Elena.
Ella mantenía la vista fija en el suelo.
Como si ya hubiera escuchado esas palabras muchas veces.
El doctor continuó.
—La enfermedad está avanzada, pero todavía existen opciones de tratamiento.
Martín sintió un nudo en la garganta.
—¿Desde cuándo lo sabes?
Elena tardó unos segundos en responder.
—Desde antes del divorcio.
Aquellas palabras lo golpearon con una fuerza insoportable.
—No…
Ella levantó lentamente la mirada.
—Lo sabía antes de firmar.
Martín retrocedió un paso.
Las imágenes comenzaron a regresar una tras otra.
Las noches en que Elena se quedaba dormida sentada.
Los moretones que aparecían sin explicación.
Las veces que decía que estaba agotada.
Las citas médicas que él olvidó.
Todo había estado delante de él.
Y nunca quiso mirar.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de Elena.
—Porque cuando me pediste el divorcio…
Respiró profundamente.
—…ya habías dejado de luchar por nosotros.
El silencio fue absoluto.
—No quería que te quedaras por culpa.
Martín sintió que las piernas le fallaban.
—Elena…
Ella sonrió con una tristeza inmensa.
—Prefería que me recordaras sana.
El médico observó la escena sin interrumpir.
Finalmente habló.
—La señora Elena ha venido sola durante todas las consultas.
Martín giró inmediatamente hacia él.
—¿Sola?
—Sí.
—¿No tiene familia?
Elena respondió antes que el doctor.
—Mis padres murieron hace años.
—¿Y tus amigos?
Ella negó lentamente.
—No quise preocupar a nadie.
Martín se llevó ambas manos al rostro.
Durante dos meses ella había enfrentado biopsias, análisis y diagnósticos completamente sola.
Mientras él intentaba convencerse de que el divorcio había sido la mejor decisión.
—¿Por qué no me llamaste?
Elena bajó la cabeza.
—Porque ya no era tu esposa.
Aquella frase terminó de romperlo.
Se dejó caer en la silla junto a ella.
Recordó la última noche en el departamento.
Cuando ella había guardado su ropa en silencio.
Cuando él creyó que aquella calma significaba resignación.
Ahora entendía otra cosa.
Ella ya estaba librando una batalla mucho más grande que el final de un matrimonio.
El doctor cerró el expediente.
—Necesitamos comenzar el tratamiento cuanto antes.
Miró a Elena.
—Pero antes debemos resolver un asunto.
Ella asintió con cansancio.
—Lo sé.
Martín frunció el ceño.
—¿Qué asunto?
El médico habló con delicadeza.
—La aseguradora rechazó parte de la cobertura.
Martín levantó la vista.
—¿Por qué?
—Porque algunos estudios comenzaron antes de que cambiara su situación familiar y administrativa.
Elena intentó intervenir.
—Doctor…
Pero él continuó.
—Además, el hospital necesita designar una persona de contacto para decisiones médicas importantes.
Martín dio un paso adelante sin pensarlo.
—Yo.
Elena lo miró inmediatamente.
—No.
—Déjame ayudarte.
Ella negó con firmeza.
—No quiero que conviertas esto en una deuda.
Martín sintió que el corazón se le hacía pedazos.
—No es una deuda.
La miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Es la primera oportunidad que tengo de hacer algo bien desde hace mucho tiempo.
Antes de que Elena pudiera responder, una enfermera llegó apresurada.
Traía otro expediente entre las manos.
—Doctor…
Su expresión era extraña.
—Acaban de llegar los resultados de compatibilidad para el protocolo.
El médico abrió el documento.
Leyó apenas unas líneas.
Su rostro cambió por completo.
Levantó lentamente la vista hacia Martín.
—Señor…

Hizo una pausa.
—Necesito hacerle una pregunta muy importante.
Martín asintió, confundido.
El doctor respiró hondo.
—¿Está completamente seguro de que usted y la señora Elena nunca tuvieron hijos?