—Soy Sofía Whitmore. Estoy lista. Sáquenme de aquí antes de que mi esposo regrese.
Al otro lado de la línea no hubo sorpresa.
Solo una voz firme.
—¿Está sola?
—Sí.
—¿Puede caminar?
Miré las agujas conectadas a mis brazos.
El monitor seguía marcando un ritmo irregular.
—No mucho.
—No importa. Espere exactamente cuatro minutos. No hable con nadie.
La llamada terminó.
Sentí que el corazón golpeaba con fuerza contra mis costillas.
No sabía si todavía podía confiar en alguien.
Pero sí sabía una cosa.
Si Marcus regresaba antes de que yo saliera de aquella habitación, jamás volvería a tener otra oportunidad.
Tres minutos después, alguien llamó suavemente a la puerta.
Entró una enfermera que nunca había visto.
Llevaba el uniforme del hospital y una carpeta entre las manos.
—¿Señora Whitmore?
Asentí con cautela.
Ella cerró la puerta con llave.
Luego sacó una credencial.
No pertenecía al hospital.
—Mi nombre es Laura Méndez. Trabajo para la Comisión Nacional de Bioética.
Sentí un escalofrío.
—¿Cómo…?
—Hace dos semanas recibimos una denuncia anónima sobre un ensayo médico ilegal.
Su mirada se endureció.
—Cuando usted llamó, confirmamos que seguía viva.
Me ayudó a incorporarme.
Cada movimiento me provocaba un dolor insoportable.
—No tenemos mucho tiempo.
—¿Marcus…?
—Está siendo vigilado.
Aquella respuesta me sorprendió.
Laura continuó.
—No es el único al que estamos investigando.
Fruncí el ceño.
—¿Qué quiere decir?
Abrió la carpeta.
Dentro había varias fotografías.
Reconocí inmediatamente al cirujano que dirigía mi tratamiento.
También aparecían otros médicos.
Y, para mi sorpresa…
Vivian Caldwell.
Pero no estaba acostada en una cama.
En las imágenes caminaba por el jardín del ala VIP.
Sonriendo.
Sin oxígeno.
Sin monitores.
Sin aspecto de estar muriendo.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
—No…
Laura asintió lentamente.
—Eso mismo pensamos nosotros.
Me mostró otro documento.
—Los informes médicos originales indican que la señora Caldwell necesitaba tratamiento cardíaco hace un año.
Pasó la página.
—Pero desde hace seis meses su estado era estable.
La miré sin comprender.
—Entonces… ¿por qué…?
Laura respondió con una frialdad que me heló la sangre.
—Porque el procedimiento nunca fue médicamente necesario.
Las palabras quedaron suspendidas entre nosotras.
—¿Qué?
—Alguien falsificó las últimas evaluaciones clínicas.
Sentí un vértigo insoportable.
—Marcus…
—Financió el proyecto creyendo que era la única forma de salvarla.
Mi mente dejó de entender.
—¿Está diciendo que él también fue engañado?
Laura no respondió de inmediato.
—Todavía no lo sabemos.
Abrió el último expediente.
—Pero sí sabemos algo.
Señaló una firma.
—Quien aprobó definitivamente el protocolo fue el doctor Harold Spencer.
Recordé aquel nombre.
Era el director del instituto.
El mismo hombre que siempre tranquilizaba a Marcus.
El mismo que repetía una y otra vez:
“Todo está bajo control.”
Laura volvió a ayudarme a ponerme de pie.
—Tenemos una ambulancia esperando en el estacionamiento de servicio.
Di apenas dos pasos.
Entonces sonó la alarma del pasillo.
Laura palideció.
—Nos descubrieron.
En ese mismo instante se escuchó la voz de Marcus al otro lado del corredor.
—¡Sofía!
Golpeó la puerta con desesperación.
—¡Ábreme!
Laura me sostuvo antes de que cayera.
—No podemos dejar que la encuentren aquí.
Las cerraduras comenzaron a moverse.
Marcus seguía gritando.
—¡Sofía, por favor!
Pero antes de que la puerta se abriera por completo, otra voz resonó detrás de él.
—Señor Whitmore…
Marcus se volvió.
Varios agentes de la fiscalía y dos inspectores sanitarios avanzaban por el pasillo con órdenes judiciales en las manos.
El inspector principal habló con firmeza.
—El Instituto queda intervenido desde este momento.

Marcus miró confundido los documentos.
—¿Qué está pasando?
El inspector sostuvo su mirada.
—Eso mismo queremos preguntarle a usted.
Hizo una breve pausa.
—Especialmente después de descubrir que el supuesto corazón cultivado para la señora Vivian Caldwell… nunca existió.