PARTE 2: LA MUJER QUE NO DEBIÓ SEGUIR VIVA

La grabación quedó congelada en la pantalla.

Nadie respiraba.

Doña Meche dio un paso hacia el monitor.

—Ese anillo…

Su voz comenzó a temblar.

—Yo misma ayudé a la señora Elena a elegirlo.

Gael acercó la imagen al máximo.

La calidad era mala.

La lluvia distorsionaba el rostro de la mujer encapuchada.

Pero el anillo…

No había duda.

En el interior llevaba una pequeña línea de oro rosa que solo él y Elena conocían.

Él mismo había pedido ese detalle al joyero.

Bruno rompió el silencio.

—Puede ser una copia.

Gael negó lentamente.

—No.

Sin apartar la vista de la pantalla, respondió:

—Ese anillo nunca salió de nuestras manos.

La bebé comenzó a llorar.

Gael la tomó en brazos de inmediato.

Apenas sintió el calor de su pecho, la pequeña volvió a tranquilizarse.

La doctora Renata observó la escena.

—Es curioso.

Gael levantó la mirada.

—¿Qué?

—Los bebés no suelen calmarse así con un desconocido.

Antes de que alguien pudiera responder, Bruno recibió una llamada por el auricular.

Su expresión cambió.

—Señor…

—¿Qué ocurre?

—Los hombres del turno nocturno encontraron algo donde dejaron a la niña.

Todos salieron hacia el portón principal.

Bajo la lluvia todavía permanecían las marcas de unas llantas.

Y, junto al muro de piedra, había un pequeño bolso impermeable oculto entre los arbustos.

Bruno se puso guantes antes de abrirlo.

Dentro encontraron un teléfono antiguo.

Sin tarjeta SIM.

Sin contactos.

Solo un video almacenado.

Lo reprodujeron allí mismo.

La imagen tardó unos segundos en aparecer.

Era Elena.

Mucho más delgada.

Con el rostro lleno de golpes.

Pero viva.

La fecha en la esquina superior indicaba que el video había sido grabado apenas cuatro días antes.

Gael sintió que las piernas dejaban de responderle.

—Elena…

Ella miró directamente a la cámara.

—Si estás viendo esto, significa que no logré llegar hasta ti.

Su voz era débil, pero firme.

—Escúchame con atención.

La imagen tembló ligeramente.

—Nuestra hija se llama Isabel.

Gael abrazó a la bebé con más fuerza.

Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.

—Nunca hubo un accidente.

Respiró con dificultad.

—El puente fue una emboscada.

Bruno intercambió una mirada con los escoltas.

Elena continuó.

—No confíes en nadie que lleve nuestro apellido.

La grabación se interrumpió unos segundos.

Cuando volvió la imagen, Elena parecía aún más desesperada.

—Mauricio no actuó solo.

El corazón de Gael se detuvo por un instante.

—Hay alguien por encima de él.

En ese momento se escuchó un golpe detrás de la cámara.

Elena giró bruscamente la cabeza.

—Ya vienen.

Volvió a mirar al lente.

—Si encuentran este teléfono antes que tú…

La señal comenzó a fallar.

—…buscarán a Isabel.

La pantalla quedó negra.

Nadie habló durante varios segundos.

Fue Doña Meche quien rompió el silencio.

—Señor…

Gael seguía inmóvil.

La bebé dormía sobre su hombro.

Bruno tomó aire.

—Su hermano llegará en menos de una hora.

Gael levantó lentamente la vista.

En sus ojos ya no había tristeza.

Solo una determinación fría.

—Que entre como siempre.

—¿No lo detendremos?

—No.

Gael acarició el cabello de la niña.

—Quiero que crea que todavía no sabemos nada.

En ese mismo instante, uno de los escoltas recibió una alerta desde la sala de monitoreo.

—Señor…

Giró la pantalla de la tableta.

—Acabamos de identificar la camioneta que dejó a la bebé.

Bruno observó la matrícula.

Su rostro perdió todo el color.

—Es imposible…

Gael tomó la tableta.

La placa pertenecía a uno de los vehículos oficiales del Grupo Montenegro.

Un vehículo asignado exclusivamente al despacho privado de Mauricio.

Pero lo que realmente heló la sangre de todos fue el registro de acceso.

La camioneta había salido de la mansión familiar apenas treinta minutos antes de que la bebé apareciera frente al portón.

Eso significaba que quien había protegido a Isabel… había estado escondido dentro de la propia casa de los Montenegro.

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