PARTE 2: LA MUJER QUE TAMBIÉN HABÍA SIDO ENGAÑADA

El ascensor se detuvo en la planta baja.

Las puertas se abrieron lentamente.

No salí.

El cochecito seguía frente a mí. Noah sujetaba con fuerza el borde de mi abrigo mientras Lucas lloraba cada vez más fuerte.

Llevé el teléfono al oído.

—¿Cómo conseguiste mi número?

Del otro lado hubo un breve silencio.

—Daniel me lo dio hace dos años.

Sentí un escalofrío.

Dos años.

Es decir, mientras seguía casado conmigo.

Respiré hondo.

—No tengo nada que hablar contigo.

—Lo sé.

Su voz no sonaba arrogante.

Tampoco victoriosa.

Sonaba… cansada.

—Pero si cuelgas ahora, vas a seguir creyendo una mentira que él lleva cinco años alimentando.

Fruncí el ceño.

—¿Qué mentira?

La respuesta tardó unos segundos.

—Que yo regresé para destruir tu matrimonio.

Las puertas del ascensor comenzaron a cerrarse otra vez.

Salí al vestíbulo del edificio.

La lluvia golpeaba los cristales.

—¿No fue así?

Escuché una risa breve.

Pero no era una risa feliz.

Era amarga.

—Emily… yo ni siquiera vivía en este país cuando nacieron tus hijos.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—Regresé hace tres días.

Miré la fecha en mi teléfono.

Era cierto.

Daniel me había entregado el divorcio esa misma mañana.

—Entonces…

—Él llevaba meses buscándome.

Cada palabra hacía que el rompecabezas cambiara de forma.

—Yo nunca le pedí que se divorciara.

No respondí.

Clara continuó.

—De hecho… intenté convencerlo de que arreglara las cosas contigo.

Sentí que el corazón empezaba a latir con más fuerza.

—¿Por qué harías eso?

Su respuesta fue inmediata.

—Porque yo también estuve casada con un hombre que nunca dejó de vivir en el pasado.

No esperaba escuchar aquello.

—Daniel me escribió durante años.

—¿Durante todo nuestro matrimonio?

—Sí.

Respiré con dificultad.

Ella continuó hablando con absoluta calma.

—Al principio pensé que solo necesitaba cerrar una historia.

Hizo una pausa.

—Después comprendí que quería escapar de la vida que él mismo había construido.

Miré a Noah.

Estaba abrazando con fuerza su cuaderno de dibujos.

—¿Lo viste?

—Una sola vez.

—¿Cuándo?

—Ayer.

Otra vez el silencio.

—Y le dije que no.

Mis dedos comenzaron a temblar.

—¿Qué le dijiste exactamente?

Clara respondió sin vacilar.

—Le dije que un hombre que ignora a sus hijos para perseguir un recuerdo nunca podría construir una vida conmigo.

Sentí un nudo en la garganta.

Los gemelos seguían dormidos.

Noah levantó la vista.

—¿Mamá?

Le acaricié el cabello.

—Estoy aquí, amor.

Volví al teléfono.

—Entonces… ¿por qué me llamas?

Escuché cómo Clara soltaba lentamente el aire.

—Porque Daniel salió de mi departamento hace una hora.

Mi respiración se detuvo.

—Y antes de irse dijo algo que me asustó.

El vestíbulo pareció quedarse completamente en silencio.

—¿Qué dijo?

—Que, si tú no aceptabas el dinero, pediría la custodia compartida.

Miré inmediatamente a mis tres hijos.

El cochecito.

Las bolsas.

Todo lo que tenía.

Clara siguió hablando.

—No porque quisiera criarlos.

Hizo una pausa.

—Sino porque estaba convencido de que una mujer sola con tres niños terminaría cediendo tarde o temprano.

Sentí una mezcla de rabia y tristeza.

Eso sonaba exactamente a Daniel.

Siempre creyendo que todo tenía un precio.

—Hay algo más.

Su tono cambió.

—Antes de irse dejó una carpeta sobre mi mesa por error.

Fruncí el ceño.

—¿Qué carpeta?

—La abrió mientras hablábamos.

Escuché papeles moviéndose al otro lado de la línea.

—Tiene tu nombre.

Mi corazón dio un vuelco.

—Emily Harper.

Pasó otra página.

Su respiración cambió.

—No…

—¿Qué ocurre?

Clara permaneció callada unos segundos.

Cuando volvió a hablar, su voz ya no sonaba tranquila.

Sonaba completamente sorprendida.

—Emily… estos no son documentos de divorcio.

Sentí que el mundo se detenía.

—¿Entonces qué son?

Solo respondió una frase.

—Son informes médicos… y demuestran que alguien falsificó los resultados de fertilidad hace cinco años para hacerte creer que el problema eras tú, cuando en realidad Daniel conocía la verdad desde antes de casarse contigo.

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