PARTE 2: LA LISTA ESCRITA CON CRAYÓN

El vestíbulo quedó completamente en silencio.

Alejandro permaneció agachado frente a la niña.

—¿Por qué piensas que voy a separarte de tu hermanita?

Camila abrazó con más fuerza a la bebé.

Sus pequeños brazos temblaban.

—Porque siempre hacen eso.

Aquellas palabras dejaron inmóviles incluso a los empleados que seguían entrando al edificio.

La recepcionista bajó lentamente la mirada.

—¿Quiénes?

Camila tardó unos segundos en responder.

—Los adultos.

La bebé emitió un leve gemido.

Alejandro se quitó inmediatamente el abrigo y lo colocó alrededor de ambas niñas.

—Primero vamos a calentarlas.

Luego miró al guardia.

—Traiga leche para la bebé.

Después señaló a la recepcionista.

—Y algo de desayunar para Camila.

La joven asintió de inmediato.

Mientras todos comenzaban a moverse, Alejandro volvió a hablar.

—¿Cómo llegaron aquí?

Camila señaló la puerta principal.

—Caminando.

—¿Desde dónde?

La niña mencionó el nombre de una colonia ubicada a varios kilómetros.

Varias personas intercambiaron miradas de incredulidad.

Habían recorrido esa distancia bajo la lluvia.

Con una bebé en brazos.

Alejandro respiró profundamente.

—Necesito revisar las cámaras exteriores desde esta madrugada.

El jefe de seguridad lo miró sorprendido.

—¿Las cámaras, señor?

—Todas.

Su voz se volvió firme.

—Quiero saber desde qué hora están aquí y si alguien las siguió.

El personal de seguridad corrió hacia la sala de monitoreo.

Mientras tanto, la recepcionista regresó con un biberón preparado.

La bebé comenzó a beber con desesperación.

Camila sonrió por primera vez.

Era una sonrisa diminuta.

Pero suficiente para que Alejandro sintiera un nudo en la garganta.

Entonces notó algo.

La niña seguía aferrada a su mochila rota.

—¿Qué llevas ahí?

Camila dudó.

Después abrió lentamente el cierre.

Dentro solo había dos mudas de ropa.

Un pequeño oso de peluche.

Y una hoja doblada varias veces.

Era una hoja blanca cubierta con dibujos de crayón.

Alejandro la tomó con cuidado.

Pensó que sería un dibujo infantil.

Pero no.

Era una lista.

Escrita con letras torcidas.

En la parte superior decía:

“COSAS QUE TENGO QUE HACER ANTES DE QUE LLORE LUCÍA.”

Debajo aparecían varios puntos.

“Darle leche.”

“Cambiarle el pañal.”

“Cantarle cuando tenga miedo.”

“No llorar enfrente de ella.”

“Buscar trabajo.”

“Encontrar una casa.”

Y la última frase hizo que el vestíbulo entero quedara helado.

Escrita con crayón rojo, ocupando casi toda la parte inferior de la hoja, decía:

“Si vienen por nosotras, esconder a Lucía primero.”

Nadie dijo una sola palabra.

La recepcionista comenzó a llorar en silencio.

El guardia desvió la mirada.

Alejandro sostuvo aquella hoja durante varios segundos.

Después preguntó muy despacio:

—¿Quién te enseñó a escribir esto?

Camila bajó la cabeza.

—Nadie.

—Entonces… ¿por qué lo escribiste?

La niña acarició el cabello de su hermanita.

—Porque cuando me da miedo… se me olvidan las cosas.

El silencio volvió a caer.

En ese instante, uno de los técnicos de seguridad salió corriendo desde la sala de monitoreo.

Llevaba una tableta en las manos.

—Señor Salvatierra…

Respiraba agitado.

—Ya revisamos las cámaras.

Alejandro levantó la vista.

—¿Qué encontraron?

El técnico tragó saliva.

—Las niñas no llegaron hace unos minutos.

Hizo una pausa.

—Llevan sentadas bajo la lluvia desde las cuatro y doce de la madrugada.

El vestíbulo quedó inmóvil.

Pero el técnico aún no había terminado.

—Y hay algo más…

Giró la pantalla hacia Alejandro.

En las imágenes aparecía claramente un automóvil oscuro deteniéndose frente a la torre poco antes del amanecer.

Alguien observó a las dos niñas durante varios minutos…

Y se marchó justo antes de que comenzaran a llegar los primeros empleados.

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