La palabra “juez” cayó sobre la sala con más fuerza que la bofetada.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
Luego Sebastián soltó una carcajada.
—¿Un juez? ¿Ahora vas a demandarnos porque discutimos?
Graciela tomó una taza de chocolate con absoluta tranquilidad.
—Déjala, hijo. Cuando se dé cuenta de que no tiene dónde dormir, regresará pidiendo perdón.
Camila no respondió.
Abrió su bolso.
Sacó un pañuelo.
Se limpió lentamente la sangre que el anillo había dejado en la palma de su mano.
Después levantó el teléfono.
Marcó un número que conocía de memoria.
La llamada fue contestada casi de inmediato.
—Licenciado Herrera.
—Buenas tardes, ingeniera Camila.
Toda la familia giró hacia ella.
—Active el protocolo tres.
Hubo un breve silencio al otro lado.
—¿Está completamente segura?
Camila miró a Sebastián.
Él seguía sonriendo.
—Sí.
—Entendido. Empezaremos ahora mismo.
La llamada terminó.
Sebastián cruzó los brazos.
—¿Ya acabó tu espectáculo?
Camila sostuvo su mirada.
—Apenas empieza.
Tomó las llaves de su automóvil.
Caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se volvió una última vez.
—Les recomiendo que no hagan compras importantes esta tarde.
Graciela soltó otra risa.
—¿También vas a maldecir nuestras tarjetas?
La puerta se cerró.
Media hora después, la tranquilidad regresó a la mansión.
Graciela comentaba con sus cuñadas lo “dramática” que siempre había sido Camila.
Sebastián abrió una botella de vino.
—En dos días estará llamándome.
En ese instante sonó el teléfono de la casa.
Era el administrador de la residencia.
—Señor Sebastián…
—¿Qué pasa?
—Acaban de llegar unos abogados.
Sebastián frunció el ceño.
—¿Abogados?
—Y también un actuario judicial.
Toda la familia dejó de hablar.
Cinco minutos después, tres personas entraron al vestíbulo.
El hombre que iba al frente mostró una credencial.
—Buenas tardes.
—Soy el licenciado Ricardo Herrera, representante legal de la sociedad patrimonial CM Capital Holdings.
Graciela dio un paso adelante.
—¿Y eso qué tiene que ver con nosotros?
El abogado abrió una carpeta.
—Mucho.
Sacó una escritura pública.
—Esta propiedad ubicada en Lomas de Chapultepec pertenece legalmente a CM Capital Holdings desde hace cuatro años.
Sebastián sonrió con desprecio.
—Eso ya lo sabemos. La sociedad es nuestra.
El abogado negó lentamente.
—No.
Pasó la escritura al actuario.
—El único socio con derecho de administración y el noventa y ocho por ciento de participación es la ingeniera Camila Morales.
El silencio fue absoluto.
—Eso es imposible —balbuceó Graciela.
El abogado colocó otra hoja sobre la mesa.
—Aquí está el acta constitutiva.
Otra más.
—Las modificaciones societarias.
Y otra.
—Los poderes notariales.
Todo llevaba la misma firma.
La de Camila.
Sebastián sintió un nudo en el estómago.
—Yo también soy socio.
—Sí.
El abogado sonrió con cortesía profesional.
—Posee el dos por ciento.
La sala quedó inmóvil.
—Ese porcentaje fue asignado únicamente para efectos administrativos.
Sebastián miró incrédulo los documentos.
—No puede ser.
—Puede comprobarlo en el Registro Público.
Graciela comenzó a respirar con dificultad.
—Pero esta casa la pagó mi hijo.
El abogado abrió una segunda carpeta.
—No exactamente.
Sacó los estados financieros.
—El anticipo salió de la cuenta personal de la ingeniera Camila.
Otra hoja.
—Las mensualidades del crédito hipotecario también.
Otra más.
—Y los gastos de mantenimiento durante los últimos cuatro años fueron cubiertos por la misma sociedad.
Graciela dejó caer la taza.
Se rompió contra el piso.
El abogado continuó.
—También traigo otro documento.
Miró directamente a Graciela.
—Las transferencias mensuales de diez mil dólares.
La expresión de la mujer cambió por completo.
—¿Qué transferencias?
—Las que usted recibe el día cinco de cada mes.
Sacó un estado de cuenta.
—Desde hace treinta y ocho meses.
Graciela palideció.
—Sebastián siempre…
—No.
El abogado la interrumpió con educación.
—El dinero nunca salió del patrimonio del señor Sebastián.
Hizo una breve pausa.
—La beneficiaria económica que autorizó personalmente cada transferencia fue la ingeniera Camila.
Nadie habló.
Nadie sabía dónde mirar.
En ese momento sonó el teléfono de Sebastián.
Era su banco.
Contestó con manos temblorosas.
—¿Bueno?
La ejecutiva habló con tono formal.
—Señor, le informamos que las facultades de administración sobre las cuentas corporativas han sido suspendidas conforme a la instrucción del socio mayoritario.
Sebastián sintió que el mundo se detenía.
—¿Qué socio mayoritario?
El abogado respondió antes que la ejecutiva.
—Camila.
El actuario dio entonces un paso al frente.
Le entregó un sobre oficial.
—Por orden judicial, quedan notificados.
Sebastián rompió el sello apresuradamente.
Las primeras líneas bastaron para que el color abandonara su rostro.
Graciela intentó leer por encima de su hombro.
—¿Qué dice?
Él apenas pudo responder.
—Solicitó el divorcio…
Pasó la siguiente página.
Su respiración comenzó a acelerarse.
—Y…
El abogado terminó la frase por él.

—También solicitó la recuperación inmediata del uso exclusivo de esta residencia mientras se resuelve el proceso.
Graciela dejó escapar un susurro de incredulidad.
La mansión donde acababan de echar a Camila…
Podía dejar de ser su hogar mucho antes de que terminara el juicio.