PARTE 2: EL HIJO QUE NUNCA QUISO VER

Ernesto salió del juzgado riéndose.

Ximena caminaba tomada de su brazo, con unos lentes oscuros enormes y una sonrisa que parecía disfrutar cada mirada.

—¿Ves? —dijo ella—. Todo salió bien.

Él besó su frente.

—Siempre sale bien.

Al pasar junto a Laura, apenas dirigió una mirada hacia el pequeño Mateo, que dormía en el portabebés.

—Al menos ya quedó claro que sí es mío.

Hizo una pausa.

—Lástima.

Y siguió caminando.

Laura sintió que la rabia le quemaba el pecho.

No por ella.

Por el niño que algún día descubriría que su propio padre había lamentado que fuera su hijo.


Dentro del despacho, el abogado colocó otra carpeta sobre la mesa.

—Hay algo más.

Laura levantó la vista.

—¿Qué ocurre?

—Mientras solicitaba reducir la manutención alegando problemas financieros, el señor Salgado realizó varias transferencias importantes.

Abrió los estados de cuenta.

Empresa.

Cuenta empresarial.

Transferencia.

Transferencia.

Transferencia.

Todas terminaban en una sociedad recién creada.

XM Capital Consulting.

—¿Qué es eso?

preguntó Laura.

El abogado respiró hondo.

—Una empresa registrada apenas hace cuatro meses.

La administradora única…

Pasó la hoja.

Ximena Ríos.

Laura cerró lentamente los ojos.

Ernesto no solo intentaba abandonar a su hijo.

También estaba moviendo dinero para aparentar que ya no tenía patrimonio.

—¿Eso es legal?

—Si las operaciones son reales, podría serlo.

Si únicamente buscan ocultar bienes para evitar obligaciones judiciales…

La respuesta quedó en el aire.


Los meses siguientes fueron los más difíciles de su vida.

Laura vendió el automóvil.

Alquiló una habitación de la casa.

Regresó poco a poco a trabajar como contadora independiente mientras una vecina cuidaba a Mateo por las tardes.

No había lujos.

No había vacaciones.

Pero nunca faltó comida.

Ni libros.

Ni abrazos.

Cada noche, antes de dormir, le repetía al pequeño la misma frase.

—Nunca permitas que la opinión de alguien defina quién eres.

Ni siquiera la de tu padre.


Los años pasaron.

Mateo creció rodeado de esfuerzo.

A los ocho años ya ayudaba a organizar facturas en el pequeño despacho de su madre.

A los doce ganó su primera olimpiada estatal de matemáticas.

A los quince representó a su preparatoria en un concurso nacional de innovación tecnológica.

Laura nunca habló mal de Ernesto.

Cuando su hijo preguntaba por él, respondía con honestidad.

—Es tu padre.

Y algún día tendrás derecho a sacar tus propias conclusiones.


Mientras tanto, Ernesto parecía vivir otra realidad.

Las fotografías con Ximena llenaban las revistas sociales.

Nuevos negocios.

Nuevos automóviles.

Nuevas inversiones.

En cada entrevista repetía el mismo discurso.

—Todo lo que tengo es fruto de mi esfuerzo.

Muy pocas personas sabían que, años atrás, un juez había ordenado investigar parte de sus movimientos financieros relacionados con la empresa.

El procedimiento seguía su curso.

Sin titulares.

Sin escándalos.

Solo expedientes acumulando documentos.


Quince años después.

El Palacio de Minería, en la Ciudad de México, estaba lleno.

Empresarios.

Académicos.

Representantes de universidades.

Medios de comunicación.

Se celebraba la final nacional de un importante concurso de emprendimiento juvenil.

Laura ocupaba discretamente un asiento en la última fila.

No quería llamar la atención.

Solo quería ver a su hijo presentar el proyecto por el que había trabajado durante casi dos años.

Cuando el presentador anunció el siguiente nombre, el auditorio comenzó a aplaudir.

—Con ustedes…

Mateo Mendoza.

El joven subió al escenario con paso tranquilo.

Cabello rubio.

La misma mirada clara que heredó de su padre.

Pero una serenidad que había aprendido únicamente de su madre.

En la primera fila, Ernesto levantó lentamente la cabeza.

No estaba allí por Mateo.

Era uno de los patrocinadores del evento y aún no había visto la lista completa de participantes.

Al reconocer aquel rostro…

Su expresión cambió por completo.

Durante quince años apenas había cruzado unas cuantas palabras con el hijo al que una vez llamó “un error”.

Ahora ese mismo muchacho caminaba hacia el escenario principal, frente a cientos de personas y decenas de cámaras.

Y Ernesto todavía no imaginaba que, antes de terminar aquella presentación…

…iba a descubrir que la mayor derrota de su vida no había comenzado ese día.

Había empezado exactamente el momento en que decidió dar la espalda al bebé que acababa de nacer.

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