PARTE 2: EL ABUELO REVELÓ EL SECRETO QUE BEATRIZ OCULTÓ DURANTE CUATRO AÑOS

Mariana sintió que el aire desaparecía de la sala.

Don Ernesto permanecía de pie en la entrada, sosteniendo la carpeta con ambas manos. Sus ochenta años parecían pesarle más esa noche que nunca.

Los tres niños seguían jugando sobre la alfombra sin imaginar que, a pocos metros de ellos, estaba a punto de romperse un secreto que había permanecido enterrado durante cuatro años.

—¿Puede pasar? —preguntó Mariana.

El anciano asintió.

Se sentó despacio en el sofá mientras Valentina le ofrecía una galleta de chocolate.

—Gracias, princesa.

La niña sonrió exactamente igual que Sebastián cuando era pequeño.

Don Ernesto tuvo que apartar la mirada.


Cuando los niños fueron al cuarto a buscar sus colores, el anciano abrió lentamente la carpeta.

No había fotografías.

No había contratos.

Había copias de estudios médicos.

Y una carta.

—Esto nunca debió salir de aquella clínica —dijo con voz cansada—. Pero uno de los médicos era amigo mío desde hacía treinta años.

Mariana frunció el ceño.

—No entiendo.

Ernesto colocó sobre la mesa dos expedientes.

Uno llevaba el nombre de Sebastián.

El otro, el de Mariana.

—¿Recuerdas los estudios prematrimoniales?

Ella sintió un nudo en el estómago.

¿Cómo olvidarlos?

Aquella tarde había perdido al hombre que amaba.

—Sí.

—Los resultados que ustedes recibieron… no fueron los originales.

Mariana dejó de respirar.

—¿Qué acaba de decir?

El anciano deslizó una copia hacia ella.

—Estos son los informes verdaderos.

Mariana empezó a leer.

“Paciente: Sebastián Alcázar.”

“Fertilidad conservada.”

“Sin evidencia de esterilidad.”

Pasó a la segunda hoja.

“Paciente: Mariana Torres.”

“Alteración hormonal tratable.”

“Embarazo espontáneo posible.”

Las manos comenzaron a temblarle.

—Pero… el doctor dijo…

Ernesto cerró los ojos.

—No fue el doctor.

Fue Beatriz.


Mariana sintió que las lágrimas empezaban a caer sin poder detenerlas.

—Ella habló primero con el director de la clínica. Cambiaron el resumen que les entregaron. Nadie modificó los análisis originales, solo el documento que ustedes vieron.

—¿Por qué?

—Porque ya había elegido otra esposa para Sebastián.

El silencio pesó como una piedra.

—Necesitaba convencerlo de que contigo nunca tendría la familia que ella quería.

Mariana recordó aquella cena.

La mirada baja de Sebastián.

Su silencio.

Su despedida.

Todo construido sobre una mentira.


—¿Él lo sabe?

Ernesto negó lentamente.

—Mi nieto cree exactamente la misma mentira que tú.

Mariana se quedó inmóvil.

Durante cuatro años había pensado que Sebastián la abandonó por ambición.

Y él llevaba cuatro años creyendo que jamás podría formar una familia con ella.


—Intenté detener a Beatriz —continuó Ernesto—. Discutimos durante semanas. Me prohibió volver a hablar del tema.

Sacó otra hoja.

Era una copia de una carta.

—Esta fue una de las muchas cartas que tú enviaste.

Mariana reconoció inmediatamente su letra.

“Sebastián, necesito hablar contigo. Es urgente.”

Nunca obtuvo respuesta.

Ernesto respiró hondo.

—Ninguna llegó a sus manos.

—¿Qué?

—Beatriz las interceptó todas.

Mariana sintió un escalofrío.

Correos.

Mensajes impresos.

Cartas certificadas.

Todo.

Él jamás las había visto.


—¿Y ahora por qué me cuenta esto?

El anciano observó hacia el cuarto donde reían los niños.

—Porque ya no me queda mucho tiempo… y no pienso morir viendo cómo destruyen otra generación de esta familia.

Luego tomó una invitación de boda que estaba sobre la mesa.

—Beatriz cree que te invitó para humillarte.

Sonrió con tristeza.

—No sabe que será ella quien quede expuesta delante de todos.


Mariana negó con la cabeza.

—Yo no quiero venganza.

—No necesitas buscarla.

Ernesto respondió con serenidad.

—La verdad siempre llega sola.

Después miró fijamente a Mariana.

—Pero necesito hacerte una pregunta.

Ella asintió.

—Si Sebastián descubre que estos tres niños son sus hijos…

¿Estarías dispuesta a escuchar lo que tenga que decir?

Mariana permaneció varios segundos en silencio.

Finalmente respondió con honestidad.

—No lo sé.

Porque una parte de mí todavía ama al hombre que conocí en la universidad.

Pero otra parte…

Miró hacia el pasillo donde jugaban los pequeños.

…tuvo que aprender a vivir sin él.


Don Ernesto se levantó lentamente.

Antes de marcharse dejó la carpeta sobre la mesa.

—Guárdala.

La necesitarás.

—¿Para qué?

El anciano abrió la puerta.

Sin girarse, respondió:

—Porque en esa boda no solo habrá un matrimonio.

También habrá un anuncio que Beatriz lleva meses preparando.

Mariana sintió un mal presentimiento.

—¿Qué anuncio?

Ernesto bajó la cabeza.

—Mi hija piensa declarar públicamente que Sebastián y Renata esperan al primer heredero de la familia Alcázar.

Mariana frunció el ceño.

—Pero… ¿Renata está embarazada?

El anciano soltó una amarga sonrisa.

—No.

Eso es precisamente lo que nadie sabe.

Y cuando la ceremonia se detenga por la pregunta de una niña de cuatro años…

No será el único secreto que explotará delante de trescientos invitados.

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