PARTE 2: EL RELOJ QUE LO DELATÓ

El autobús permanecía detenido al borde de la carretera.

Nadie hablaba.

El conductor seguía bloqueando la puerta para impedir que alguien bajara.

Juan respiró hondo.

—Revísenme.

Se levantó lentamente la sudadera.

Vació los bolsillos sobre un asiento.

Una cartera.

Un llavero.

Un cuaderno doblado.

Y el boleto del autobús.

Nada más.

El hombre vestido de negro soltó una risa burlona.

—Claro. Ya tuvo tiempo de esconderlo.

Varios pasajeros comenzaron a asentir con inseguridad.

La presión crecía.

Entonces la joven que había dado el primer grito se puso de pie.

Tenía las manos temblando.

Pero esta vez su voz sonó firme.

—No.

Todos giraron hacia ella.

Miró directamente al conductor.

—Antes de que apagaran las luces vi algo.

El falso acusador clavó los ojos en ella.

Una mirada fría.

Amenazante.

La muchacha tragó saliva.

Durante un segundo pareció que volvería a sentarse.

Pero respiró profundamente.

—Vi un reloj plateado.

Señaló lentamente al hombre vestido de negro.

—Exactamente igual al que lleva él.

El delincuente sonrió con desprecio.

—¿Ahora un reloj convierte a alguien en ladrón?

Ella negó.

—No.

—Lo vi inclinarse sobre la señora cuando el autobús dio el frenazo.

El hombre dio un paso hacia ella.

—Ten cuidado con lo que dices.

Juan se interpuso inmediatamente.

—No la amenace.

El ambiente volvió a tensarse.

El conductor levantó la mano.

—¡Nadie se mueve!

Sacó el teléfono de la empresa.

—Voy a llamar a la Guardia Nacional.

Al escuchar aquellas palabras, el rostro del verdadero ladrón cambió por primera vez.

Solo un instante.

Pero Juan lo notó.

Y también notó otra cosa.

El hombre llevaba una pequeña mochila cruzada sobre el pecho.

Era demasiado delgada para ocultar un teléfono.

Sin embargo…

La correa parecía extrañamente gruesa.

Juan recordó algo que había aprendido trabajando los fines de semana en una tienda deportiva.

Algunas mochilas tenían un compartimento oculto dentro de la propia correa.

Miró nuevamente al hombre.

La correa estaba ligeramente abierta.

Como si hubiera sido forzada hacía pocos segundos.

Juan habló con calma.

—Si soy yo, no tengo problema en que revisen todo.

Después señaló la mochila.

—Pero él también.

El delincuente respondió de inmediato.

—Ni hablar.

Eso hizo que varios pasajeros empezaran a desconfiar.

La anciana levantó lentamente la cabeza.

—Hijo…

Su voz estaba rota.

—Solo quiero recuperar las fotos de mi esposo.

No me importa nada más.

Aquellas palabras hicieron que el silencio pesara aún más.

El conductor se acercó al hombre.

—Señor.

Necesito revisar su mochila.

—No tiene ningún derecho.

—Hasta que llegue la autoridad, nadie sale del autobús.

El falso acusador apretó la mandíbula.

Miró rápidamente hacia las ventanas.

Calculaba una salida.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Otro pasajero, un mecánico que viajaba en la última fila, habló por primera vez.

—Yo también vi ese reloj.

Después una mujer añadió:

—Y yo vi que cambió de asiento cuando apagaron las luces.

Un tercer pasajero levantó la mano.

—Pensé que no debía meterme…

Pero ahora recuerdo que escondió algo muy rápido.

El miedo empezaba a romperse.

El ladrón comprendió que estaba perdiendo el control.

Intentó empujar al conductor para correr hacia la puerta.

No llegó ni a dar dos pasos.

Tres pasajeros lo sujetaron al mismo tiempo.

La mochila cayó al suelo.

La correa se abrió completamente.

Del compartimento oculto resbaló un teléfono celular.

La anciana lanzó un grito ahogado.

—¡Es el mío!

Corrió con dificultad y abrazó el aparato contra su pecho.

Las lágrimas comenzaron a caer por su rostro.

—Aquí están…

Las últimas fotos de mi esposo.

Pensé que las había perdido para siempre.

Juan soltó un largo suspiro.

La presión que sentía desde la acusación desapareció de golpe.

Minutos después llegaron dos patrullas.

Los agentes esposaron al hombre mientras revisaban sus pertenencias.

Pero uno de los policías frunció el ceño al abrir completamente la mochila.

Dentro no había un solo teléfono.

Había ocho.

Además de varias carteras, documentos de identidad y relojes.

El oficial levantó lentamente la vista.

—Esto no fue un robo improvisado.

Sacó una fotografía plastificada que estaba escondida entre los objetos.

La observó unos segundos.

Después miró directamente al conductor del autobús.

—Necesito que me diga desde cuándo trabaja en esta ruta.

El conductor quedó desconcertado.

—Hace doce años.

El policía guardó silencio.

Luego mostró la fotografía.

En ella aparecía el ladrón… abrazado junto al antiguo conductor de esa misma línea de autobuses, desaparecido misteriosamente hacía seis meses.

Y en el reverso de la imagen había una frase escrita a mano que hizo que todos olvidaran por completo el teléfono recuperado.

“Próximo objetivo: la ruta nocturna de los viernes. El conductor nuevo todavía no sospecha nada.”

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