PARTE 2: LA CARPETA NEGRA

Las luces del salón se atenuaron.

Más de trescientas personas ocuparon sus mesas.

Empresarios.

Periodistas.

Inversionistas.

Funcionarios.

Todos levantaron la vista hacia el escenario cuando el maestro de ceremonias anunció el inicio de la gala.

Gonzalo sonreía con la seguridad de quien cree controlar cada detalle.

Jimena permanecía a su lado, acariciando distraídamente la pulsera de mi abuela.

Entonces ocurrió lo inesperado.

—Antes de la subasta —anunció el presentador—, el Grupo Altavista desea compartir un mensaje especial de la siguiente generación.

Gonzalo frunció el ceño.

No estaba previsto.

Mi hijo ya caminaba hacia el escenario.

Vestía una camisa blanca sencilla.

No llevaba corbata.

Solo una pequeña carpeta negra bajo el brazo.

Tomó el micrófono.

El salón quedó en silencio.

—Buenas noches.

Su voz era firme.

Serena.

Muy distinta a la de un joven de dieciocho años.

Miró directamente a su padre.

—Mi nombre es Santiago Arriaga.

Soy hijo de Gonzalo Arriaga… y de Sofía Mendoza.

Varias personas comenzaron a aplaudir.

Él levantó una mano.

—No aplaudan todavía.

Los aplausos se apagaron.

Santiago respiró hondo.

—Esta noche muchos han felicitado a una mujer creyendo que era la señora Arriaga.

Las cámaras enfocaron a Jimena.

Ella mantuvo la sonrisa.

Todavía pensaba que aquello podía manejarse.

—Quiero aclarar algo.

La mujer que está sentada junto a mi padre no es mi madre.

El murmullo recorrió el salón.

Gonzalo dio un paso hacia el escenario.

—Santiago…

Mi hijo continuó hablando sin mirarlo.

—El vestido que lleva pertenece a mi madre.

Las joyas también.

Y la pulsera que tiene en la muñeca fue un regalo de mi bisabuela.

Jimena retiró instintivamente la mano debajo de la mesa.

Demasiado tarde.

Las cámaras ya la habían enfocado.

Santiago sonrió apenas.

—Como todos parecen tan felices de verla ocupar ese lugar…

Hizo una pausa.

Miró directamente a su padre.

—…a partir de esta noche, manténgala usted.

El silencio fue absoluto.

Ni una copa se movió.

Ni un cubierto sonó.

Gonzalo quedó inmóvil.

Era la primera vez en muchos años que alguien lo enfrentaba delante de todo su círculo social.

Y ese alguien era su propio hijo.

Jimena intentó levantarse.

—Esto es una falta de respeto.

Santiago negó lentamente.

—No.

La falta de respeto fue otra.

Miró hacia una de las pantallas gigantes del salón.

—Ahora les pido dos minutos de atención.

La imagen cambió.

Apareció una fotografía.

Mi vestidor.

Vacío.

Luego otra.

Jimena entrando a mi habitación.

Después un registro horario.

Las cámaras de seguridad mostraban exactamente cuándo había salido con mi vestido y mis joyas.

El salón entero empezó a murmurar.

Gonzalo buscó desesperadamente al equipo técnico.

—¡Apaguen eso!

Nadie se movió.

Santiago levantó la carpeta negra.

—No se preocupen.

Eso no es lo importante.

Todos dirigieron la mirada hacia la carpeta.

Mi hijo habló con una tranquilidad inquietante.

—Lo verdaderamente importante está aquí.

La dejó sobre el atril.

—Durante los últimos seis meses reunimos documentos financieros, auditorías, movimientos bancarios y contratos.

Levantó la vista.

—Sesenta y ocho millones de pesos.

Ese era el monto total.

El murmullo desapareció de golpe.

Hasta los periodistas dejaron de escribir.

Gonzalo sintió que el color abandonaba su rostro.

—¿Qué estás haciendo?

Santiago respondió sin elevar la voz.

—Mostrando lo que nadie quiso ver.

Abrió la carpeta.

La primera hoja llevaba el sello de una firma de auditoría externa.

La segunda contenía transferencias.

La tercera, autorizaciones con firmas.

Y todas apuntaban hacia la misma dirección.

No era el vestido.

No eran las joyas.

Ni siquiera la relación con Jimena.

Aquella carpeta sugería que alguien había desviado millones utilizando empresas vinculadas al Grupo Altavista.

Y, por la expresión de Gonzalo, comprendí desde la pantalla que él acababa de reconocer el primer documento antes de que mi hijo pronunciara una sola palabra más.

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