PARTE 2 — EL PLAN FINAL

Me quedé inmóvil frente a la pantalla.

La carpeta decía “Plan final”.

El cursor temblaba bajo mis dedos mientras hacía doble clic.

Dentro había cuatro documentos.

El primero se llamaba “Cronograma”.

Lo abrí.

15 de septiembre: aumentar dosis.

22 de septiembre: obtener firma del poder.

24 de septiembre: venta del restaurante.

30 de septiembre: divorcio por “abandono emocional y problemas de salud”.

Cada línea estaba escrita con una frialdad insoportable.

No era un impulso.

No era una aventura.

Era un proyecto perfectamente calculado.

Abrí el segundo archivo.

Era una hoja de cálculo con varias cuentas bancarias.

Una de ellas pertenecía a Daniel.

Otra a Mauricio Cantú.

La tercera estaba registrada a nombre de Valeria Salcedo.

Mi hermana.

A su lado aparecía una cifra.

4,800,000 pesos.

Concepto:

“Compensación por colaboración.”

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

Valeria había aceptado dinero.

No solo me había traicionado como hermana.

Había puesto precio a nuestra familia.

Las lágrimas comenzaron a caer, pero las limpié enseguida.

No era momento de llorar.

Seguí revisando.

El tercer archivo era una carpeta con fotografías.

Mi corazón volvió a detenerse.

Había imágenes mías tomadas sin que yo lo supiera.

Dormida en el sofá.

Trabajando en la cocina.

Entrando al consultorio del médico.

Incluso una fotografía de mí vomitando en el baño del restaurante.

Cada imagen tenía una fecha y una nota.

“Aspecto más deteriorado.”

“Hoy apenas pudo caminar.”

“La presión psicológica está funcionando.”

Me llevé una mano a la boca para contener un grito.

Daniel había documentado mi deterioro físico como si fuera un experimento.

Entonces escuché el sonido de un automóvil entrando al garaje.

Mi sangre se heló.

Daniel.

Miré el reloj.

Había regresado mucho antes de lo habitual.

Cerré rápidamente la carpeta, pero antes conecté una memoria USB que encontré sobre el escritorio.

Copié todo.

Cada documento.

Cada fotografía.

Cada correo.

Cada conversación.

El progreso avanzaba lentamente.

Treinta por ciento.

Cuarenta.

Escuché la puerta principal abrirse.

—¿Mariana?

Su voz sonó tranquila.

Cariñosa.

La misma voz con la que cada noche me preguntaba si ya me sentía mejor.

Sesenta por ciento.

Sus pasos comenzaron a subir la escalera.

Setenta y cinco.

—¿Amor? ¿Estás en casa?

Noventa.

La perilla del estudio empezó a moverse.

Justo cuando el archivo terminó de copiarse, retiré la memoria USB, cerré la laptop y me dejé caer en la silla fingiendo revisar unas cuentas del restaurante.

Daniel abrió la puerta.

Sonrió.

—No sabía que habías venido.

Lo miré directamente a los ojos.

Por primera vez en dos años no vi al hombre del que me enamoré.

Vi a un desconocido.

—Vine por unos documentos.

Él dejó su portafolio sobre el piso.

—¿Te sientes mejor? Esta mañana te noté muy pálida.

Qué actor tan perfecto.

—Sí. Creo que el tratamiento ya está funcionando.

Él sonrió satisfecho.

—Me alegra escucharlo.

Se acercó para besarme.

Tuve que contener el impulso de apartarlo.

Su perfume era el mismo que había olido en el restaurante.

El mismo que seguramente todavía llevaba impregnado después de abrazar a mi hermana.

—¿Cómo estuvo tu junta? —pregunté.

Ni siquiera pestañeó.

—Larguísima. No sabes cuánto trabajo.

Mentía con una facilidad aterradora.

—Qué bueno que ya terminó.

—Sí.

Tomó su laptop.

La abrió.

Su expresión cambió apenas un segundo.

Había notado que alguien había entrado.

Movió el mouse.

Revisó algunas carpetas.

Después levantó la vista.

—¿Entraste aquí mientras no estaba?

Sonreí con calma.

—Buscaba la póliza del seguro del coche.

Me sostuvo la mirada durante varios segundos.

Era evidente que estaba intentando descubrir si yo sabía algo.

Finalmente relajó los hombros.

—La próxima vez pregúntame.

—Claro.

Me levanté despacio.

—Voy a preparar café.

Su rostro se iluminó.

—El tuyo sabe mejor que el de cualquier cafetería.

Sentí una punzada en el pecho.

Durante tres meses había preparado ese café creyendo que era un gesto de amor.

Ahora sabía que era el recipiente donde probablemente terminaba el contenido de aquel frasco.

Bajé a la cocina.

Abrí la alacena.

Tomé dos tazas.

Cuando Daniel llegó detrás de mí, observó cada uno de mis movimientos.

—Déjame hacerlo yo.

Sonrió mientras extendía la mano hacia el azúcar.

No.

No era azúcar.

Vi cómo sacaba discretamente un pequeño sobre blanco del bolsillo interior de su saco.

Lo abrió con la habilidad de quien había repetido ese movimiento muchas veces.

Entonces comprendí algo terrible.

El frasco del estudio no era el único.

Todavía seguía enfermándome.

En ese mismo instante.

Frente a mis ojos.

Pero antes de que pudiera reaccionar, sonó el timbre de la casa.

Daniel escondió el sobre con una rapidez casi automática.

Frunció el ceño.

—¿Quién puede ser a esta hora?

Fui a abrir.

Al otro lado estaba Sofía.

Vestía ahora su chaleco oficial de la Fiscalía.

Y detrás de ella había dos agentes.

Cuando Daniel apareció en el pasillo y la vio mostrar discretamente una orden judicial, el color desapareció por completo de su rostro.

Porque lo que Sofía acababa de descubrir era mucho más grave que un simple intento de robo o un adulterio.

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