Las seis camionetas avanzaron lentamente por el camino de piedra.
Nadie hablaba.
A ambos lados, los jardines parecían sacados de una revista: olivos centenarios, fuentes de mármol y esculturas iluminadas por la luz dorada del atardecer.
Camila apagó la cámara sin darse cuenta.
—Esto… esto no puede ser de Mariana —murmuró.
Rodrigo seguía sujetando el volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.
—Debe ser una casa rentada para aparentar.
Doña Rebeca asintió enseguida.
—Claro que sí. Seguro consiguió algún novio millonario.
Pero cuanto más avanzaban, más evidente resultaba que aquello no era una propiedad alquilada para una cena.
Había guardias patrullando.
Vehículos con placas diplomáticas.
Personal de servicio preparando una enorme mesa en el jardín.
Cuando estacionaron, un mayordomo abrió la puerta de la primera camioneta.
—Bienvenidos. La señora Mariana los está esperando.
Doña Rebeca bajó intentando conservar la dignidad.
—¿Y quién paga todo esto?
El hombre sonrió con absoluta cortesía.
—La familia Luján, señora.
Aquellas palabras hicieron que varios familiares intercambiaran miradas.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Familia Luján?
Mariana descendió lentamente los escalones de la entrada principal.
Vestía un elegante vestido azul marino y apenas llevaba unas discretas joyas de perlas.
No necesitaba demostrar riqueza.
La transmitía con cada paso.
—Gracias por venir.
Su voz seguía siendo tranquila.
La misma tranquilidad que tanto había irritado a los Ibarra durante años.
Camila fue la primera en romper el silencio.
—¿Quién te presta esta casa?
Mariana sonrió.
—Nadie.
—Entonces… ¿la compraste?
—No.
Rodrigo soltó una risa nerviosa.
—¿Ves, mamá? Sabía que había truco.
Mariana negó con la cabeza.
—No la compré porque nací aquí.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Nadie reaccionó.
Doña Rebeca incluso soltó una pequeña carcajada.
—Qué imaginación tienes.
En ese momento, un hombre de unos sesenta años salió de la residencia.
Traje oscuro.
Cabello completamente canoso.
Postura impecable.
Al verlo, los guardias inclinaron discretamente la cabeza.
El hombre caminó directamente hacia Mariana.
—Hija, los invitados ya llegaron.
Rodrigo abrió mucho los ojos.
—¿Hija?
Mariana sonrió con afecto.
—Sí, papá.
El hombre extendió la mano hacia Rodrigo.
—Soy Ernesto Luján.
El apellido cayó como un trueno.
Hasta los sobrinos dejaron de hablar.
Doña Rebeca sintió que las piernas le temblaban.
Conocía perfectamente ese nombre.
Todo Monterrey lo conocía.
Ernesto Luján era fundador de uno de los grupos industriales más importantes del norte del país.
Durante años había aparecido en revistas económicas y foros empresariales.
Pero jamás mostraba fotografías de su familia.
Rodrigo retrocedió un paso.
—No… no puede ser.
Ernesto observó al grupo con educación.
—Mariana nos habló mucho de ustedes.
Doña Rebeca sonrió nerviosamente.
—Qué gusto conocerlo…
Él respondió con una leve inclinación de cabeza.
Sin entusiasmo.
Sin cercanía.
Como quien recibe a completos desconocidos.
Mariana miró a su exsuegra.
—Durante cinco años dijiste que tu hijo me había sacado de la pobreza.
Doña Rebeca bajó la mirada.
—Eso fue…
—También repetías que mi familia no tenía apellido.
Nadie encontró palabras para responder.
Ernesto habló con absoluta serenidad.
—Mi hija decidió ocultar quién era antes de casarse.
Rodrigo levantó lentamente la cabeza.
—¿Por qué?
Mariana lo miró directamente a los ojos.
—Porque quería saber si alguien podía amarme sin interesarse por el dinero.
Hizo una breve pausa.
—Ahora ya conozco la respuesta.
El silencio volvió a extenderse.
Camila recordó todas las veces que había llamado “arrimada” a Mariana.
Las Navidades.
Los cumpleaños.
Las reuniones familiares.
Las burlas por su ropa sencilla.
Todo regresó de golpe.
Entonces apareció una mujer elegante acompañada por varios ejecutivos.
Abrazó a Mariana con cariño.
—La reunión con los inversionistas terminó antes de tiempo.
Rodrigo reconoció inmediatamente a la mujer.
Era la directora financiera de una empresa que llevaba meses intentando conseguir un contrato con la compañía donde él trabajaba.
Ella saludó cordialmente a Ernesto.
—Señor Luján, los estados financieros ya están listos para mañana.
Rodrigo sintió un escalofrío.
Miró otra vez la mansión.
Miró a Mariana.
Y, por primera vez, comprendió que jamás había sabido quién era realmente la mujer con la que estuvo casado.
Mientras todos intentaban asimilar la verdad, un automóvil negro se detuvo frente a la entrada.
De él descendió un hombre acompañado por dos abogados y un asistente.
En cuanto vio a Mariana, sonrió.

—Perdón por el retraso. Ya traigo el expediente completo.
Rodrigo palideció al reconocerlo.
Era el presidente del grupo empresarial donde él llevaba ocho años trabajando.
Y lo que aquel hombre dijo a continuación hizo que toda la familia Ibarra sintiera que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Mariana, antes de cenar necesitamos decidir qué haremos con las empresas que, legalmente, todavía siguen financiando a la familia de tu exesposo.