El barrio entero quedó en silencio.
Hasta las trabajadoras sociales dejaron de hablar.
El hombre del traje gris permanecía inmóvil frente al pequeño altar donde aún estaba la fotografía de Carmen, rodeada por flores marchitas y una vela consumida.
Se quitó lentamente los lentes.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
Lucía abrazó con más fuerza a Leo.
—¿Quién es usted?
Él tardó unos segundos en responder.
—Me llamo Ricardo Fuentes.
Miró otra vez la fotografía.
—Fui el abogado de tu abuelo.
Lucía frunció el ceño.
—¿Mi abuelo?
—Don Manuel Rivas.
Ella negó con la cabeza.
—Nunca conocí a nadie con ese nombre.
Ricardo cerró los ojos con tristeza.
—Eso imaginaba.
Sacó una carpeta del portafolio.
Dentro había varias fotografías antiguas.
En una de ellas aparecía Carmen, mucho más joven, sonriendo junto a un hombre de cabello canoso que sostenía a una niña pequeña en brazos.
Lucía dio un paso adelante.
—Esa soy yo…
Ricardo asintió.
—Tenías apenas unos meses.
La adolescente observó la imagen con incredulidad.
Nunca había visto aquella fotografía.
—¿Por qué mi mamá nunca nos habló de él?
El abogado bajó la voz.
—Porque nunca pudo.
Las dos trabajadoras sociales intercambiaron una mirada.
Ricardo continuó.
—Hace dieciséis años, tu abuelo intentó encontrar a Carmen después de que ella desapareciera con Octavio.
No lo consiguió.
Lucía sintió un nudo en la garganta.
—Mi mamá nunca desapareció.
Vivíamos aquí.
Ricardo negó lentamente.
—Para ustedes, sí.
Pero Octavio cambió varias veces de domicilio, evitó cualquier contacto con la familia materna y devolvió todas las cartas sin abrir.
Sacó otro documento.
—Incluso falsificó direcciones para impedir que los localizaran.
Doña Meche se llevó una mano a la boca.
—¿Nos estuvo escondiendo?
Ricardo asintió.
—Durante años.
Lucía apenas podía comprender lo que escuchaba.
—¿Y mi abuelo?
El abogado respiró hondo.
—Murió hace ocho meses.
Antes de fallecer me hizo prometerle que no dejaría de buscar a Carmen ni a sus nietos.
La joven sintió que las lágrimas comenzaban a caer.
Llegó demasiado tarde.
Pensó.
Todos llegaron demasiado tarde.
Ricardo abrió la carpeta una vez más.
—Pero todavía alcancé a cumplir parte de esa promesa.
Entregó una copia certificada de un testamento.
—Su abuelo nunca dejó de considerarla su hija.
Y nunca dejó de reconocerlos como sus nietos.
Las trabajadoras sociales comenzaron a revisar los documentos.
Todo parecía estar en regla.
Había certificados de nacimiento, registros notariales y una investigación privada realizada durante años.
Una de ellas levantó la vista.
—¿Usted conocía la situación de estos menores?
—La conocí hace cuarenta y ocho horas.
En cuanto supe que Carmen había fallecido vine inmediatamente.
Lucía respiró con dificultad.
—¿Entonces… usted no viene por la herencia?
Ricardo sonrió con tristeza.
—No.
Vengo porque ya no pienso permitir que nadie vuelva a abandonarlos.
En ese instante sonó el teléfono de una de las trabajadoras sociales.
Escuchó durante unos segundos.
Después guardó el celular.
—Acaban de localizar al padre.
Todos giraron la cabeza.
—¿Dónde está? —preguntó Lucía.
—Intentó vender la camioneta registrada a nombre de su esposa.
Ricardo frunció el ceño.
—¿La de Carmen?
—Sí.
La oficial hizo una pausa.
—Pero hay un problema.
Mostró un documento que acababa de recibir.
El vehículo no pertenecía legalmente a Octavio.
Seguía siendo propiedad de Carmen por disposición expresa de su padre.
Ricardo cerró lentamente la carpeta.
Entonces comprendió algo que hizo que su expresión cambiara por completo.

—No solo quiso abandonar a sus hijos…
Miró a Lucía.
—También intentó quedarse con bienes que nunca fueron suyos.
Y eso significaba que la traición que había destruido aquella familia no había comenzado doce días después del funeral.
Había empezado muchos años antes, mientras Carmen aún seguía con vida.