PARTE 2: EL MOSTRADOR DONDE TODO CAMBIÓ

El aeropuerto de Barcelona estaba lleno de maletas, anuncios en varios idiomas y familias emocionadas que caminaban hacia la terminal del crucero.

Don Ernesto sostenía con fuerza el pasaporte entre las manos. No dejaba de mirar a doña Josefina, que sonreía como una niña cada vez que veía un enorme barco a través de los ventanales.

—¿De verdad todo esto es para nosotros? —preguntó ella por quinta vez.

Marisol sonrió.

—Sí, abuela. Y apenas estamos empezando.

Los tres avanzaron hacia el mostrador de embarque cuando una voz conocida rompió la tranquilidad.

—¡Ahí están!

Graciela apareció empujando una maleta roja de gran tamaño. Detrás venía Brenda, con ropa nueva, sombrero blanco y el teléfono listo para grabarlo todo.

—Qué bueno que llegaron antes que nosotros —dijo Graciela con absoluta seguridad—. Así será más rápido hacer el cambio.

Don Ernesto frunció el ceño.

—¿Qué cambio?

Graciela sonrió como si hablara de algo evidente.

—Pues el de los pasajeros. Ustedes ya saben… este viaje es muy pesado. Nosotros iremos por ustedes.

Doña Josefina quedó inmóvil.

—¿Cómo que irán por nosotros?

—Ay, mamá, no hagas drama. Marisol exageró con este regalo. Ustedes no van a resistir tantas caminatas ni tantas excursiones.

Brenda añadió sin vergüenza:

—Además, ya reservé todos los lugares donde quiero tomarme fotos.

Marisol dio un paso al frente.

—Nadie va a cambiar nada.

Graciela cruzó los brazos.

—Eso lo veremos con la naviera.

Se acercó directamente al empleado del mostrador.

—Buenos días. Soy la hija de los pasajeros. Necesitamos cambiar los nombres de la reserva.

El trabajador sonrió con educación.

—¿Número de reserva, por favor?

Graciela lo entregó orgullosa.

El hombre comenzó a escribir en la computadora. Durante unos segundos nadie habló.

Después levantó la vista.

—Lo siento mucho, señora.

—¿Qué sucede?

—Esta reserva tiene un bloqueo especial. No admite cambios de pasajeros, cancelaciones ni modificaciones sin la presencia personal de los titulares y un código de seguridad adicional.

La sonrisa de Graciela desapareció.

—Debe haber un error.

—No lo hay.

Intentó insistir.

—Soy la hija.

—Entiendo. Pero legalmente eso no le otorga ningún derecho sobre la reserva.

Brenda intervino.

—Pues cancelen todo y hagan una nueva.

El empleado negó con calma.

—Tampoco es posible. Los boletos ya fueron emitidos, el seguro médico está activo y todos los servicios están vinculados a los documentos de los pasajeros originales.

Graciela empezó a elevar la voz.

—¡Esto lo pagó mi hija!

—Precisamente por eso ella decidió quiénes viajarían.

Alrededor del mostrador comenzaron a girarse varias personas.

Don Ernesto seguía sin entender del todo lo que ocurría.

—Graciela… ¿de verdad pensabas venir en nuestro lugar?

Ella respondió sin una pizca de vergüenza.

—Claro. Es lo más lógico.

El anciano bajó lentamente la cabeza.

Durante unos segundos nadie habló.

Luego levantó la mirada con los ojos humedecidos.

—Toda mi vida encontré una explicación para cada cosa que hacías. Siempre pensé que algún día cambiarías.

Su voz tembló.

—Pero hoy no intentaste quitarme un viaje.

Hizo una pausa.

—Intentaste quitarme el único regalo que alguien hizo pensando en nosotros.

Doña Josefina rompió a llorar en silencio.

Marisol le tomó la mano.

El empleado entregó entonces las tarjetas de embarque.

—Don Ernesto, doña Josefina… bienvenidos a bordo. Les deseamos un feliz aniversario.

Los dos ancianos recibieron los documentos como si sostuvieran un sueño imposible.

Graciela intentó arrebatarlos.

—¡Eso nos pertenece!

Pero antes de que pudiera acercarse, dos agentes de seguridad aparecieron junto al mostrador.

—Señora, le pedimos que se retire.

—¡Es una injusticia!

—Está alterando el proceso de embarque.

Brenda comenzó a grabar con el teléfono.

—Voy a subir esto a redes.

Uno de los agentes respondió con serenidad.

—Puede hacerlo desde el exterior. Aquí debe abandonar la zona.

Mientras madre e hija eran acompañadas hacia la salida, don Ernesto abrazó a Marisol.

Era un abrazo largo, tembloroso.

—Nunca pensé que alguien trabajaría cuatro años para cumplir un sueño nuestro.

Marisol apenas pudo contener las lágrimas.

—Ustedes pasaron toda una vida cumpliendo los sueños de los demás.

Ahora les tocaba vivir el suyo.

Sin embargo, ninguno imaginaba que, mientras el crucero comenzaba a alejarse del puerto de Barcelona, Graciela ya estaba haciendo una llamada que pondría a toda la familia en contra de Marisol… y que la verdadera batalla apenas estaba por comenzar.

Si lo deseas, también puedo escribir la Parte 3, donde la familia recibe una versión completamente manipulada de los hechos y Marisol deberá enfrentar una reunión familiar que cambiará para siempre la relación entre todos.

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