PARTE 2: LA MANTA AMARILLA

El auditorio quedó en silencio.

Ni un teléfono dejó de grabar.

Ni un niño siguió hablando.

Simon respiró hondo frente al micrófono.

Miró primero a Joanna.

Después a Denise.

Y finalmente al resto del público.

—Cuando era pequeño —dijo con calma—, muchas personas me preguntaban por qué llamaba “mamá” a una mujer que no se parecía a mí.

Una sonrisa triste apareció en su rostro.

—Yo tampoco sabía explicarlo.

Denise sonrió para la cámara.

Pensó que el discurso terminaría agradeciéndole haberle dado la vida.

Se equivocó.

Simon dejó la carpeta sobre el atril.

—Porque una madre no es la primera persona que te sostiene.

Es la que nunca te suelta.

Joanna sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

Él continuó.

—Mi mamá estuvo en cada fiebre, en cada examen, en cada cumpleaños y en cada miedo que tuve de niño.

Hizo una pausa.

—Nunca faltó.

Denise dio un paso adelante.

—Simon…

Él levantó una mano.

No con enojo.

Solo pidiendo unos segundos más.

—Déjame terminar.

El auditorio permanecía completamente inmóvil.

Simon caminó hasta la mochila que había dejado junto al escenario.

La abrió despacio.

Sacó una manta amarilla.

Vieja.

Gastada.

Con una pequeña esquina remendada a mano.

Joanna dejó escapar un suspiro.

Reconoció aquella manta de inmediato.

Era la misma con la que Denise había llegado diecinueve años atrás.

Simon la sostuvo entre las manos.

—Muchos creen que esta es solo una manta de bebé.

Miró a Joanna.

—Pero mi mamá nunca quiso tirarla.

Decía que algún día tendría que conocer toda mi historia.

Después sacó un sobre amarillento.

Estaba doblado varias veces.

Las esquinas mostraban el desgaste de los años.

Denise perdió la sonrisa.

—¿Qué haces con eso?

Simon la observó unos segundos.

—Lo encontré hace dos meses.

El auditorio seguía en absoluto silencio.

—Estaba escondido dentro del forro de la manta.

Joanna abrió mucho los ojos.

Ella nunca había sabido que existía aquella carta.

Simon levantó el sobre.

—No la abrió mi mamá.

Nunca.

Porque siempre creyó que, si algún día quería conocer la verdad, debía ser yo quien la leyera primero.

Las manos de Denise comenzaron a temblar.

—No leas eso.

Su voz ya no sonaba segura.

Simon bajó la vista hacia el papel.

—La carta está firmada por Denise.

Nadie respiró.

—Tiene fecha del mismo día en que me dejó en casa de los abuelos.

Joanna sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

Aquella carta había permanecido escondida durante diecinueve años.

Simon desdobló lentamente la primera página.

No empezó a leer.

Primero levantó la vista.

Miró directamente a Denise.

—Antes de abrirla…

Su voz se volvió más firme.

—Quiero hacerte una sola pregunta.

Ella tragó saliva.

—¿Cuál?

—Si hoy has venido por mí…

Hizo una pausa.

—¿O por lo que crees que voy a recibir después de graduarme?

La sonrisa desapareció por completo del rostro de Denise.

Jonathan, el hombre que había llegado con ella, giró lentamente la cabeza para mirarla.

También Dorothy y George dejaron de sonreír.

Porque, por primera vez en toda la mañana, comprendieron que Simon no estaba improvisando.

Llevaba semanas preparándose para ese momento.

Y la respuesta que saliera de aquella carta podía cambiar para siempre la historia que la familia había contado durante casi dos décadas.

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