PARTE 2 — EL TESTAMENTO QUE CAMBIÓ TRES VIDAS

El abogado Bellamy no habló durante varios segundos.

Parecía darle tiempo para asimilar la noticia.

—Necesito verla personalmente, señorita Valeria. Hoy mismo.

—Sigo en el hospital.

—Entonces iré al hospital.

Colgó.

Valeria permaneció inmóvil frente al ventanal de la unidad neonatal.

Al otro lado del cristal, Sofía bostezó por primera vez.

Camila movió una diminuta mano.

Mateo seguía dormido.

Ellos no sabían que acababan de heredar una fortuna.

Tampoco sabían que esa fortuna llevaba décadas esperándolos.

Una hora después, dos hombres con traje oscuro y una mujer de cabello plateado entraron discretamente al hospital.

La recepcionista intentó detenerlos.

—Disculpen, solo familiares…

El hombre mayor mostró una credencial.

—Representamos el fideicomiso Mendoza-Bellamy. Tenemos una cita con la señora Valeria Mendoza.

Cinco minutos después, Bellamy ocupaba una silla junto a la cama del hospital.

Colocó sobre la mesa una carpeta de piel negra.

No era gruesa.

Pero parecía pesar una vida entera.

—Su abuelo preparó esto hace nueve años.

Valeria frunció el ceño.

—¿Nueve?

—Mucho antes de enfermar.

Bellamy abrió cuidadosamente la carpeta.

Dentro había una copia certificada del testamento, varias escrituras y el contrato constitutivo de un fideicomiso irrevocable.

—Su abuelo nunca dejó de seguir su vida, aunque usted creyera lo contrario.

Valeria sintió un nudo en la garganta.

Se había alejado de su familia cuando decidió casarse con Alejandro.

Él le había repetido durante años que necesitaban construir su propio camino.

Que aceptar ayuda de los Mendoza era una humillación.

Ella le creyó.

Bellamy continuó.

—El señor Ignacio Mendoza estableció una condición muy clara.

Deslizó una hoja hacia ella.

—Todo el patrimonio principal pasaría directamente a sus bisnietos vivos en el momento de su nacimiento.

Valeria bajó la vista.

Las palabras eran claras.

No había interpretaciones posibles.

Las empresas.

Las acciones.

Las propiedades.

Los fondos de inversión.

Todo quedaba protegido dentro del fideicomiso.

Los beneficiarios eran Sofía, Camila y Mateo.

Bellamy habló con serenidad.

—Mientras sean menores de edad, usted será la representante legal designada para proteger exclusivamente sus intereses patrimoniales.

Valeria levantó lentamente la cabeza.

—¿Y Alejandro?

El abogado cerró la carpeta.

—No aparece como beneficiario.

—Es su padre.

—Precisamente por eso el señor Mendoza dejó instrucciones muy específicas.

Bellamy sacó un segundo documento.

—Existe una cláusula de protección.

Valeria comenzó a leer.

Cada línea hacía latir más rápido su corazón.

El fideicomiso prohibía vender, hipotecar, transferir o utilizar el patrimonio de los niños como garantía sin autorización judicial y del comité fiduciario.

Ni siquiera ella podía disponer libremente de esos bienes.

Mucho menos un tercero.

Bellamy guardó silencio unos segundos antes de añadir:

—Su abuelo escribió una nota personal.

Sacó un sobre sellado.

En la parte frontal solo había una frase.

“Para Valeria. Ábrelo únicamente cuando seas madre.”

Las manos le temblaban mientras rompía el sello.

La letra de su abuelo seguía siendo inconfundible.

“Si estás leyendo esto, significa que llegaron los niños que siempre soñaste.”

Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.

“También significa que quizá ya descubriste quién te ama por lo que eres… y quién solo ama aquello que puede controlar.”

Valeria cerró los ojos.

Era como si su abuelo hubiera visto el futuro.

En ese mismo instante, el teléfono vibró sobre la mesa.

Era Alejandro.

Ella no contestó.

El mensaje apareció enseguida.

“Espero que hayas entendido que pelear solo complicará las cosas. Firma cuanto antes.”

Bellamy leyó el mensaje sin hacer comentario alguno.

Solo preguntó:

—¿Él sabe lo del fideicomiso?

Valeria negó lentamente.

—No.

—¿Sabe que los niños son los beneficiarios del patrimonio?

—Tampoco.

Bellamy respiró con calma.

—Entonces conviene que siga sin saberlo… al menos por ahora.

Como si el destino hubiera decidido acelerar los acontecimientos, la puerta de la habitación volvió a abrirse.

Una enfermera entró apresuradamente.

—Señora Valeria…

—¿Qué ocurre?

—Hay un señor en recepción insistiendo en verla.

Valeria pensó inmediatamente en Alejandro.

Pero la enfermera negó con la cabeza.

—No es su esposo.

Miró la hoja de registro.

—Dice llamarse Ricardo Mendoza.

Bellamy se puso de pie de inmediato.

Por primera vez desde que había llegado, perdió parte de su habitual serenidad.

—Eso es imposible.

Valeria sintió un escalofrío.

—¿Por qué?

El abogado la miró fijamente.

—Porque Ricardo Mendoza… fue declarado muerto hace doce años.

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