PARTE 2: EL PADRE QUE NUNCA QUISO CONOCER

La sonrisa desapareció del rostro de Diego.

Miró otra vez el uniforme, las insignias y las camionetas estacionadas frente a la casa.

Por primera vez desde que conocía a Camila, sintió un miedo que no podía disimular.

—Eso… eso no puede ser.

El general Arturo Sandoval no levantó la voz.

No hizo falta.

—Puede mostrarle mi identificación cualquier agente presente si todavía tiene dudas.

Diego dio un paso hacia la puerta.

—Solo quiero ver a mi esposa y a mi hija.

Dos elementos de seguridad se interpusieron inmediatamente.

—No puede pasar.

—¡Vivo aquí!

Uno de los agentes respondió con calma.

—Ya no.

Diego los miró sin entender.

—¿Qué significa eso?

El general sostuvo una carpeta negra entre las manos.

—Significa que antes de entrar tendrá que escuchar lo que ocurrió mientras usted celebraba un cumpleaños.

El silencio se hizo pesado.

Arturo abrió la carpeta.

—A las diecinueve horas con cuarenta y tres minutos, mi hija llamó a su teléfono cinco veces.

Pasó la primera hoja.

—No respondió.

Otra hoja.

—Después llamó a su madre.

Tampoco obtuvo respuesta.

Una tercera.

—A las veinte horas con doce minutos solicitó una ambulancia porque presentaba un sangrado compatible con un desprendimiento de placenta.

Diego sintió un nudo en el estómago.

—Yo… no sabía…

El general levantó la vista.

—No lo sabía porque decidió no saberlo.

Un agente de la Fiscalía dio un paso adelante.

—Señor Armenta, tenemos copia de las llamadas, los registros de ubicación de su teléfono y varios mensajes enviados desde el dispositivo de la señora Mendoza.

Diego respiraba cada vez más rápido.

—¿Camila está bien?

Nadie respondió enseguida.

Fue el general quien habló.

—Mi hija sobrevivió a una cesárea de emergencia.

Su voz permanecía firme.

—Y mi nieta también.

Diego cerró los ojos durante un instante.

Sintió un alivio tan intenso que casi se desplomó.

—Gracias a Dios…

El general dio otro paso.

—No le dé las gracias a Dios.

Déselas al equipo médico que luchó durante horas por salvarlas mientras usted brindaba con una copa en la mano.

Diego bajó la cabeza.

Por primera vez no tenía ninguna respuesta.

En ese momento apareció una mujer con traje oscuro.

Llevaba un portafolio y varias carpetas.

—General.

Él asintió.

—Adelante, licenciada.

La mujer se presentó.

—Soy la abogada de la teniente coronel Camila Mendoza Sandoval.

Diego levantó la cabeza de golpe.

—¿Teniente coronel?

La abogada lo miró directamente.

—Sí.

Su esposa nunca dejó de pertenecer al Ejército.

Solicitó una reserva de identidad durante su matrimonio por razones de seguridad.

Diego sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Recordó todas las veces que había dicho delante de sus amigos:

“Camila solo se dedica a la casa.”

Nunca supo quién era realmente.

La abogada abrió el portafolio.

—También vengo a entregarle estas notificaciones.

Colocó varios documentos sobre el cofre de una camioneta.

—Solicitud de divorcio.

Medidas de protección.

Y una demanda civil relacionada con el abandono ocurrido hace dos noches.

Diego tomó los papeles con manos temblorosas.

—Yo jamás quise que esto pasara.

La voz del general sonó por última vez.

—No fue un accidente, Diego.

Un accidente es algo que nadie puede prever.

Mi hija le pidió ayuda.

Le dijo que estaba sangrando.

Le suplicó que la llevara al hospital.

Y usted eligió otra cosa.

Diego miró desesperado hacia la casa.

—Solo quiero verla.

Arturo negó lentamente.

—Ahora mismo solo hay una persona que decide quién puede acercarse a mi hija.

Y esa persona es ella.

En ese instante, el teléfono de Diego vibró.

Era un mensaje de Camila.

No había insultos.

No había amenazas.

Solo una fotografía.

Ella aparecía en la cama del hospital sosteniendo a su pequeña hija entre los brazos.

Debajo de la imagen había una única frase:

“La noche en que nuestra hija más nos necesitó, yo descubrí quién sí era capaz de protegerla. Tú decidiste irte. Yo decidí no volver a esperarte.”

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