El ruido de las aspas hizo que toda la explanada del juzgado quedara en silencio.
Nadie se movía.
Los empleados se acercaron a las ventanas.
Los abogados dejaron de hablar.
Incluso Sofía levantó la cabeza para mirar el helicóptero negro que acababa de aterrizar.
Santiago seguía convencido de que aquello no tenía nada que ver con él.
Hasta que vio el escudo dorado pintado sobre la puerta.
Su expresión cambió.
—No puede ser…
Paulina lo miró confundida.
—¿Qué pasa?
Él tragó saliva.
—Ese helicóptero…
No terminó la frase.
La puerta se abrió.
No descendieron escoltas.
Bajaron cuatro abogados vestidos de negro, un notario y una mujer de unos cincuenta años con un portafolios metálico sujeto a la muñeca mediante una cadena de seguridad.
Detrás de ellos apareció un hombre de cabello completamente blanco.
Caminaba despacio.
Sin prisa.
Sin necesidad de demostrar autoridad.
La autoridad caminaba con él.
Sofía sonrió de inmediato.
—¡Abuelito!
La niña soltó la mano de Mariana y corrió hacia él.
El hombre la levantó en brazos como si el cansancio de los años desapareciera por un instante.
—¿Cómo está mi princesa?
—Bien…
La niña bajó la voz.
—Pero mis lentes ya no sirven.
El abuelo observó la cinta adhesiva que mantenía unida una de las varillas.
Sus ojos se endurecieron.
—Entiendo.
La dejó nuevamente en el suelo y caminó directamente hacia Mariana.
—¿Estás bien?
Ella asintió.
—Ya terminó.
Él sonrió apenas.
—No.
Miró de reojo a Santiago.
—Apenas empieza.
Los abogados ya estaban frente al grupo.
El notario abrió el portafolios metálico.
Sacó varias carpetas con sellos oficiales.
—Señor Santiago Arriaga.
Él intentó recuperar la seguridad.
—¿Quiénes son ustedes?
—Representamos al principal acreedor institucional de Constructora Arriaga.
Paulina frunció el ceño.
—¿Esto qué significa?
Uno de los abogados respondió sin levantar la voz.
—Significa que, hace cuarenta y ocho minutos, venció el último plazo para cubrir varias obligaciones financieras garantizadas por su empresa.
Santiago negó con la cabeza.
—Eso no es posible.
—Sí lo es.
El abogado colocó una carpeta sobre la mesa del juzgado.
—Y el incumplimiento activa inmediatamente las cláusulas de ejecución.
Santiago abrió los documentos con manos temblorosas.
Mientras leía, el color abandonó lentamente su rostro.
—No…
Buscó otra página.
Luego otra.
—Esto está mal.
El notario intervino.
—Toda la documentación fue revisada y protocolizada esta mañana.
Mariana permanecía en silencio.
No disfrutaba aquella escena.
Simplemente la esperaba.
Paulina dio un paso hacia Santiago.
—¿Qué dicen esos papeles?
Él no respondió.
Seguía leyendo desesperadamente.
Hasta que encontró la última hoja.
La firma.
La fecha.
El sello.
Todo era auténtico.
Levantó la vista hacia Mariana.
—¿Tú sabías esto?
Ella sostuvo su mirada.
—Desde hace tres meses.
—¿Qué?
—Cuando decidiste pedir el divorcio.
Santiago respiraba cada vez más rápido.
—¿Tu padre…?
Mariana negó suavemente.
—No.
Fui yo quien acudió a él.
Después de descubrir las transferencias, los contratos inflados y las empresas fantasma.
El silencio volvió a caer.
Uno de los abogados habló con absoluta tranquilidad.
—La señora Mariana Castañeda colaboró durante meses para reconstruir la situación financiera real de la compañía.
Gracias a esa información, nuestro cliente decidió no refinanciar la deuda.
Santiago dio un paso hacia ella.
—Me tendiste una trampa.
Mariana lo miró sin rabia.
—No.
Te di tiempo.
Tiempo para corregir las cosas.
Para detenerte.
Para pensar en tu hija.
Elegiste otra cosa.
Paulina comenzó a retroceder.
—Santiago…
Él seguía inmóvil.
El abogado cerró la última carpeta.
—A partir de este momento quedan suspendidas todas las facultades de administración mientras se ejecutan las garantías pactadas.
Santiago apenas podía hablar.
—Mi empresa…
—Ya no depende de usted.
Fue entonces cuando comprendió la verdadera razón por la que Mariana había aceptado el divorcio sin discutir las acciones.
Las acciones ya no valían lo que él creía.
Porque el control de su imperio no se perdería en un juicio familiar.
Se perdería por las decisiones financieras que él mismo había tomado.
Mariana tomó de nuevo la mano de Sofía.
La niña levantó la vista.
—Mamá… ¿ya nos vamos?
Ella sonrió con una calma que no sentía desde hacía mucho tiempo.
—Sí, mi amor.
Nos vamos a casa.
Mientras caminaban hacia la salida, Santiago permaneció inmóvil con las carpetas abiertas entre las manos.

Por primera vez entendió que el divorcio nunca había sido la derrota de Mariana.
Había sido la última firma que ella necesitaba para dejar de proteger al hombre que acababa de destruir su propio imperio.