PARTE 2: LA MARCA QUE NADIE PODÍA EXPLICAR

El silencio cayó sobre la sala.

Sebastián caminó hasta la cama con las manos en los bolsillos, como si estuviera entrando a una oficina y no a una habitación donde acababa de nacer su hijo.

Doña Rebeca se quedó unos pasos detrás.

Ni una flor.

Ni un abrazo.

Ni una sola pregunta sobre Mariela.

Solo miraban al bebé.

—Déjamelo ver —dijo Sebastián.

El doctor Ernesto no se movió.

Seguía sosteniendo al recién nacido entre los brazos.

—Primero necesito terminar la valoración.

Sebastián frunció el ceño.

—Soy el padre.

—Y yo soy el médico responsable de este paciente.

La respuesta fue tranquila, pero firme.

Mariela observó al doctor.

Algo había cambiado en su expresión.

No era miedo.

Era desconcierto.

Como si el pequeño hubiera despertado un recuerdo imposible.


Cuando las enfermeras terminaron de limpiar al bebé, Ernesto pidió unos minutos a solas con Mariela.

Sebastián protestó de inmediato.

—Tengo derecho a estar aquí.

—Lo tendrá cuando la paciente autorice su ingreso.

Respondió el médico.

Mariela respiró con dificultad.

—Quiero hablar con el doctor.

Sebastián salió de mala gana.

La puerta se cerró.

Ernesto permaneció unos segundos en silencio.

Después miró a Mariela.

—Necesito hacerle una pregunta muy delicada.

Ella asintió.

—¿Conoce la historia médica de la familia del señor Sebastián Ibarra?

—Muy poco.

Nunca hablaban de eso.

El doctor volvió a mirar al bebé.

Con mucho cuidado señaló una pequeña marca rojiza cerca del hombro izquierdo.

—Esta marca…

Hizo una pausa.

—Es prácticamente idéntica a la que tenía alguien muy importante para mí.

Mariela sintió un escalofrío.

—¿Quién?

Ernesto tragó saliva.

—Mi hijo.

La habitación quedó completamente en silencio.

—Murió hace dieciocho años.

Mariela bajó la vista hacia el recién nacido.

—Lo siento mucho.

El médico sonrió con tristeza.

—No lloro porque crea que este bebé sea mi hijo.

Eso sería imposible.

Lo que me impresionó fue otra cosa.

Se acercó un poco más.

—Mi hijo nació el mismo día del año.

Con la misma marca.

En el mismo lugar.

Y con el mismo tipo de sangre poco frecuente que acabo de ver en los primeros análisis.

Mariela frunció el ceño.

—¿Eso significa algo?

Ernesto negó lentamente con la cabeza.

—Probablemente sea una coincidencia.

Pero las coincidencias también obligan a hacer preguntas.


En ese momento llamaron a la puerta.

Era la licenciada Camila Ríos.

La abogada había llegado en cuanto recibió el mensaje de una enfermera.

Traía una carpeta bajo el brazo.

—¿Cómo estás?

Mariela sonrió con cansancio.

—Viva.

Y él también.

Camila acarició con suavidad la cabecita del bebé.

Luego miró al doctor.

—¿Todo bien?

Ernesto dudó un instante.

—El niño está estable.

Pero creo que conviene realizar algunos estudios genéticos y metabólicos de rutina.

Camila asintió.

—Hágalos.

Yo me encargo de cualquier autorización.


Afuera, Sebastián comenzaba a impacientarse.

—¿Qué tanto hablan?

Doña Rebeca cruzó los brazos.

—Seguro ya están inventando otra forma de sacarte dinero.

En ese momento salió la abogada.

Los saludó con absoluta cortesía.

—Buenos días.

Sebastián sonrió con ironía.

—¿También contrató abogados para el parto?

Camila no perdió la calma.

—No.

Los contrató hace semanas.

Porque alguien intentó presionarla para que renunciara a derechos que le corresponden por ley.

El rostro de Doña Rebeca cambió apenas un segundo.

Fue suficiente para que Camila lo notara.

—Por cierto…

Abrió la carpeta.

—Ya recibimos respuesta sobre varias transferencias y correos electrónicos relacionados con la fundación familiar.

Sebastián dejó de sonreír.

—No sé de qué hablas.

—Lo sabrás muy pronto.

Contestó ella.

—Porque esos documentos ya no están únicamente en poder de Mariela.

Ahora también forman parte de un expediente legal.


Dentro de la habitación, Mariela abrazó por primera vez a su hijo.

Él abrió apenas los ojos.

Pequeños.

Oscuros.

Inquietos.

Sintió que todo el dolor de los últimos meses seguía allí.

Pero también comprendió que ya no estaba sola.

No porque Sebastián hubiera aparecido.

Sino porque, por primera vez, había personas dispuestas a escucharla.

Mientras tanto, el doctor Ernesto volvió a observar la pequeña marca del bebé.

Una coincidencia podía ser solo eso.

Pero algo dentro de él le decía que aquella señal estaba conectada con una historia que había permanecido enterrada durante casi dos décadas.

Y todavía no imaginaba que el primer nombre que aparecería en esa investigación sería uno que conocía demasiado bien:

Ibarra.

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