—Quiero agradecerle por acompañarme esta noche —continuó Alejandro por el altavoz—. Llevo mucho tiempo esperando este momento y, por fin, puedo decir que el destino nos volvió a sentar en el mismo vuelo.
Sentí que el aire desaparecía de la cabina.
No dijo “esposa”.
No dijo “aniversario”.
No dijo mi nombre.
Los pasajeros comenzaron a mirar alrededor con curiosidad.
Una señora del asiento 13B sonrió emocionada.
—¡Qué romántico!
Yo permanecí inmóvil.
Con las manos heladas sobre el cinturón de seguridad.
Alejandro volvió a hablar.
—Espero que, cuando aterricemos, aceptes la sorpresa que preparé para ti.
La azafata terminó la demostración de seguridad.
El avión inició el carreteo.
Y yo ya no escuchaba nada.
Solo podía pensar en una pregunta.
¿Quién?
Esperé exactamente ocho minutos.
Cuando el avión alcanzó la altitud de crucero, saqué discretamente mi teléfono.
No tenía señal.
Pero sí podía abrir el mapa de asientos que la aerolínea mostraba durante el embarque.
Recordé algo.
Los pasajeros de clase ejecutiva habían abordado primero.
Abrí la captura de pantalla que había tomado antes de desconectar los datos.
El asiento 2A aparecía ocupado por una pasajera registrada como:
E. Castillo.
El apellido me golpeó de inmediato.
Elena Castillo.
La nueva jefa de capacitación de pilotos.
La mujer de la que Alejandro hablaba constantemente durante los últimos seis meses.
“Es muy eficiente.”
“Tiene ideas brillantes.”
“Le tocó organizar el simulador de este mes.”
Siempre era Elena.
Siempre por trabajo.
Tragué saliva.
Intenté convencerme de que todo era una coincidencia.
Hasta que una sobrecargo pasó junto a mi fila.
Llevaba una pequeña caja blanca con un moño azul.
No era el servicio de bebidas.
Era un paquete preparado.
La vi caminar directamente hacia la primera fila.
Después regresar sonriendo.
Dos pasajeros comentaron en voz baja.
—Seguro es para la persona de la que habló el capitán.
Miré hacia la cortina que separaba la cabina ejecutiva.
No podía ver quién estaba allí.
Pero sí escuché unas risas.
Conocía perfectamente una de ellas.
Era la risa de Alejandro.
La misma que hacía meses ya no escuchaba en casa.
Por primera vez en doce años comprendí que no necesitaba levantarme, hacer un escándalo ni enfrentar a nadie a diez mil metros de altura.
Saqué una libreta pequeña del bolso.
Escribí una lista.
Cuentas compartidas.
Propiedades.
Seguro de vida.
Empresa familiar.
Movimientos bancarios.
Cuando terminé, cerré la libreta.

Porque si aquel anuncio era realmente lo que parecía…
Mi matrimonio no estaba terminando durante ese vuelo.
Solo estaba terminando mi ignorancia.
Y decidí que, antes de hacer una sola pregunta, descubriría exactamente cuánto de mi vida había construido sobre una historia que quizá llevaba demasiado tiempo siendo mentira.